La Moira
El camino empezaba en el andén y olia a cardos y a jarilla, y estaba dibujado con el mismo polvo que envolvía a todo el pueblo, que en ese momento olia a vapor. La campana del tren volaba y se reunía con la de la iglesia, y la tarde dejaba caer sus luceros para volar también.
La Moira miraba como se alejaba el tren después de haberla dejado y no tenía ningún apuro por ganarle a la noche ni por apagar la avidez de ese montón de hombres que empezaban a reunirse, como chispas calientes caídas del crepúsculo.
La Moira, así la llamaban. Era totalmente india decían en el pueblo, desde el fonfo de su ser, desde el alma. Por eso los hombres se afilaban, bajaban al oscuro acecho del instinto, y la seguían. Pero ella era vírgen y salvaje como su memoria, y los dejaba consumirse.
Había viajado por encargo del cura, que temía fuese el asma ese súbito jadeo que a veces la atacaba, como un gruñido antiguo cada vez menos oculto. El temía, si, y la enviaba lejos.
Cuando salió de la estación, un viento de naranjos y murmullos le inquietó la melena. En este caserío no la conocían aún, pero ya era importante.
La curva de sus caderas no quiso disimularse bajo los blancos lienzos del vestido. Los pechos, morenos y arrogantes, le abrían el escote. Una fruta herida, así eran sus labios, una mordedura la mirada. Su andar era un incendio.
Postergó su visita al anciano doctor y se dirigió a la capilla. Allí la dejaron sola; porque ya le temían las mujeres, por temor de si mismos los hombres.
Este cura era más joven que el otro, que el de su pueblo, y menos pálido. Se agitó cuando la Moira confesó las cosas que sentía, se agitó cuando la oyo jadear. No pudo huir este cura, o no quiso.
Ella le mostró su piel intacta, y lo ayudó a tocarla, y se hizo recorrer, y mojó su boca en la de el, para callarlo.
El se encrespó, enmudecido, ya era todo un espasmo. Este sí, no como el otro, se erizó ciegamente en la penumbra. Respondió a sus manos y a su lengua y a su piel. Este sí jadeó con ella.
Cuando la Moira salió de la iglesia, el curita lloraba todavía en un rincón. No la oyó despedirse de la vírgen.
— Ya no soy como vos, ya no te creo, le dijo, antes de darse a la noche.
El viento traía manos de polvo para abrirle la pollera, y ella lo dejaba. Como un recuerdo oscuro la vieron pasar, como un fuego contenido.
Algunas veces volvía, y esas tardes no había misa. Una sombra pagana rondaba el pueblo. La luna brillaba y se ponía caliente. Las mujeres le temían, y los hombres también.

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