Faunos

Faunos

He probado los arrebatos del placer y no resultaron tan gozosos como los del deseo. Estuve también, recurrentemente, en esos mundos transitorios del trance, y fue como un tránsito incierto a la permanencia en el universo del cambio, a la inmovilidad vegetativa de soñar despierto y tantear con las glándulas -sin mover un músculo- las intensidades perfectas de la evanescente sustancia de la fantasía. Porque es un fantasma la fantasía, un velo de brillos en la penumbra que no se muestra a los ojos prosaicos de las rutinas cotidianas pero que ven y temen y anhelan los corazones alucinados. Un súcubo quise invocar. Que tejiera en torno mío las guirnaldas olorosas del paganismo, que hediera un poco a rebaño y a pino y a sal. Pero que tuviera también rasgos conocidos, falsamente inocentes, y sobre todo, que fuera incapaz de amar, porque el amor se deshace en el tiempo. Un espectro de secuencias simultáneas y permanentes quise, sin sospechar entonces los alcances inauditos de semejante voluntad. Otro espíritu impalpable, la voluntad: señora de las manos, del andar, de la palabra. Así estaba, lúdicamente sumido en el papel de hacer de marioneta de dos fantasmas, cuando perdí la fe en la identidad de mi persona. No pude distinguir desde ese instante las difíciles fronteras que separan el cielo del infierno. Desterrado de la claridad, ingresé en la cofradía de las sombras y fui testigo de sus sangrientas iniciaciones. Ya no era una persona, tampoco era un animal. Mis cuerpos disgregados se habían deshecho y mezclaban al resplandor crepuscular sus volutas espesas y vacías. De ese reflejo onírico se erguía un híbrido, una quimera brutalmente humana, hecha del coito fantástico pero posible entre naturalezas confusas. Tenía rasgos conocidos, falsos, inocentes. No pude hallarme en su desprolija perfección de pelambre y nacarada tersura, de cornamenta y rubíes labiales. La insolencia descarnada de la realidad atronaba con su eterna oposición, pero esa indefinible ligereza que yo era sonreía, náufraga del éxtasis contemplativo. Amparada en el polvo, como tantas cosas perdidas, mi propia identidad se oxidaba al paso del desconsuelo. El goce del placer parece siempre más deseable que sólo el deseo, pero más placentero -al fin- resultó ser el deseo. En el fondo de todas las cosas, antigua leyenda, mora el dios de cuatro brazos, el supremo gozador. A los pies encantadores de su danza había rodado la humareda de mi ser. Oí su voz de membranas vibrantes y caí en el olvido de la corporeidad. Tuve sin embargo un cuerpo andrógino, levísimo. Parecía plena noche, pleno verano. Un enjambre de luces, o estrellas fugaces, o caravana de antorchas eran la única convicción que sostenía la existencia. Hacia occidente, por donde se retira el sol, aún conservo la certeza de que alzaban al aire sus gemidos inaudibles las lúbricas flautas de unos faunos.

Normal

Normal

En la esquina de mi cuadra hay un hombre agazapado. Me asusto, a veces, cuando paso y lo descubro mirándome fijo. Nunca saluda, nunca contesta el saludo. Debo sortearlo -perpetuo en su rincón de la vereda- cada vez que cruzo el pedregal blanquecino de la mañana, o cuando vuelvo pisando los charcos de sombra que la luna le exprime a los árboles. Siempre que llego a mi casa -y cuando salgo también- me ataja el parlante del vecino, siempre. Lo saca desde muy temprano, antes que nadie pueda verlo, y ahí lo deja aullando desaforadamente al sol, o a la lluvia, o al viento, hasta que se agota la tarde y lo entra para que descanse, supongo, cuidándose de que nadie lo vea realizar su tarea. Yo me encierro, y bajo las cortinas, pero tengo que escuchar con inquietud cada noche el eterno repertorio de ebriedades que un primate espectral aúlla mientras trepa el monstruoso matorral de bambú que invade el fondo, haciéndolo crujir, dibujando sombras simiescas en la oscuridad. Entonces me asalta el pavor por la vieja de cera, que ya todos sabemos que la dejan el día entero bajo el ciprés para que no se le derritan las prótesis brillosas con que han ido cubriendo ese cadáver deshojado, que ya debe ser sólo huesos porosos y cebo amarillento. Muy temprano, cuando la calle aún está desierta, me saluda y me ignora el niño constante de la vereda de enfrente, sucio de barro. Se trata de un enano, no hay dudas. Todo parece condenado a la deformidad en este barrio ¿Qué prodigiosa coincidencia habrá reunido tantos fenómenos en torno mío, me pregunto? Hay ocaciones en que visita mi jardín una mujer. He descubierto al fin que el idioma incomprensible en que me habla es una especie de dialecto familiar. Me saluda, recita su catálogo de genealogías vulgares y se va, entre efusivos gestos de despedida. Entonces retomo la cuadra, seguro de hallar en la esquina al hombre agazapado, y camino mirando de reojo. Inquieto, con las manos en los agujeros de los bolsillos me rasco las escamas de las piernas y pienso una vez más que no es buen lugar éste para tejer mi capullo de baba y preparar mi crisálida y esclerosarme las antenas, como toda persona normal.

Sancho Desoía

Sancho Desoía

¿Qué haremos, Sancho, con tantas felonías? Mejor abandonémoslas, contesté retórico, y seguí andando. Así fue como dejamos a aquellas ingratas libradas a su suerte -siempre mejor que la nuestra- ladrando sus impudicias en el camino, y retomamos nuestro rumbo -señal de que huíamos-. A la vuelta de un recodo el paisaje nos mostró sus recurrencias: nuevas impiedades esperaban nuestro paso para afrentarnos con su desvergüenza ¡¿Qué haremos, Sancho, qué haremos?! gritaba yo alarmado, pero Sancho -en esta centésima tentación- había olvidado su gallardía estoica, entregándose al desacato de prestarles oídos. Por eso no me escuchaba, sordo inaugural. Habiendo despilfarrado el único par de oídos con que contaba, habiéndolo dado en préstamo a esas libertinas que con certeza ya nunca se los devolverán, ha perdido al unísono la audición y la aritmética, porque ya lo he dicho, con esos oídos contaba también. Ahora, y por aquel error, las dudas nos persiguen. Por un lado las Arpías, por el otro las Gorgonas ¡Oh destino esquivo, cómo salvar la situación? Sancho, que ya ni cuenta ni oye, ha decidido esconderla -a la situación- en lo más profundo del bosque. Entonces yo me pregunto, sumido en el dilema... pero no me contesto. Es un problema de educación creería. O hasta de civismo, si se quiere. El asunto es que no obtengo respuesta y no se ya que hacer conmigo, cómo hablarme. En eso vuelve Sancho, y en la misma miseria: sin oídos, sin números, sin solución. ¡¿Qué haremos, yo mismo, qué haremos?! insistía e insistía inútilmente. Entonces sentimos aullidos en lo umbrío del bosque, huyendo cada cual por su lado. De tal modo supimos que los aullidos se oyen entre sí, y que se temen. El espectáculo nos distrajo pero no nos movilizó. A Sancho porque es sordo. A mí, porque seguía torturándome a mí mismo con mi propia indiferencia. Los días se sucedieron, las noches persiguieron a los días y el tiempo se nos iba, con lo quedamos suspendidos en un puro espacio, tan carente de ansiedades y de atrasos que era un paraíso de impuntuales, o sea de todos aquellos que no somos meros puntos. Por doquier veíanse seres dotados de altura, largo, anchura y todas las demás dimensionalidades innombrables. Unos iban, otros venían, y otros ni iban ni venían. En esa plácida situación nos hallábamos, muy felices de haber encontrado comarca tan venturosa, cuando el asalto de las mismas, las sempiternas husmeadoras de desprevenidos, nos situó de nuevo entre la espada y la pared. Así, pegados al muro, con una punta hostil raspando la pechera, hubimos de abandonar esa breve paz tan arteramente conseguida. Atravesamos en seguida muchas regiones, resultando tan completamente embarrados que habría dado pena vernos, si hubiese alguien para tal fin en el seno oscuro del mundo. Dura tarea para simples mortales pasar de lado a lado el anchuroso planeta, pero nosotros lo hicimos: atravesamos muchas regiones, como queda dicho. Nos creíamos a salvo por fin en las Antípodas. En las tierras de los contrarios las malvadas, si nos alcanzan, serán bienhechoras, razonábamos. La magnitud del error nos cayó asfixiantemente encima desde el propio punto de vista. Sólo con la cabeza podíamos mantenernos en pie –valga la contradicción- y el barro que llevábamos encima se nos amontonó hacia abajo enterrándonos tan eficazmente la posibilidad de respirar que de no haber sido meros personajes ficticios allí mismo hubiésemos perecido. Perecimos, de hecho, debido al infortunio de estar plantados, pero de un modo inesperado y luego beneficioso. Comenzamos a dar peras. A todos esos chinos que nos rodeaban les dábamos peras. Peros, también les dábamos, y nos exigían las peras sin peros, pero entonces pusimos más peros aún entre las peras y ellos, que son gente que en general espera, decidieron que ya no esperaban más y prepararon una enorme sopera. He decidido olvidar como fue que escapamos de tan cacofónica rima, pero –perdón- la continuidad de esta narración prueba que salimos. Lo cierto es que nos quedó un gustillo como frutado en los dedos y las gemas verdes de los retoños en las articulaciones las asumimos como un advenimiento de esperanza ¿Qué haremos, Señor, con las felonas? preguntó Sancho con su candidez habitual, después de tanto trajín ¿qué haremos, Señor? Entonces caí en la cuenta de que estábamos solos. Veía como Sancho se perdía hacia arriba en mi campo visual, ese inmenso campo desalambrado donde se quedaba solo, sin señales de arpías alrededor, mirando impávido hacia abajo mi caída sin fin, mi precipitación interminable entre los números que flotaban en torno mío siguiendo el espiral del grito más horroroso, el grito del que ha caído finalmente en la cuenta, ese grito que allá arriba, sin oídos con que contar, Sancho desoía.

Los inverosímiles pies de Natalia

Los inverosímiles pies de Natalia

Todo comenzó como un simple jugueteo. En las horas de la siesta, cuando el calor hacía del encierro la única alternativa válida, Natalia se desnudaba y se tiraba en la cama boca abajo a leer el semanario, o a escuchar la radio, o a sudar simplemente.
El zumbido reverberante que baja desde las chapas del techo, asesinadas por el sol de enero, para ahogarse en el yeso medio manchado del cieloraso llenaba la penumbra de la habitación con un aire denso y pegajoso. Hasta el sopor resultaba insoportable y Natalia, entre molesta y divertida, se rascaba los dedos de un pie con los inquietos cabrioleos del otro, ignorando entonces hasta donde ese inocente jueguecito complicaría las cosas después.
Con la cara apoyada contra la tibia humedad de las sábanas, el pelo recogido y atado con un elástico y los brazos extendidos y apoyados en la pared de enfrente -que del otro lado daba al cañaveral y por eso estaba más fresca- Natalia dejaba que sus pies juguetearan, uno sobre el otro, y se mordieran con los dedos, y se persiguieran un poco, obligando a la rodilla a veces a una ligera flexión o propiciando el encimamiento de las pantorrillas otras veces.
La ocurrencia le provocó risa. Se le ocurrió que cualquier cosa era posible en una tarde como esa, que el calor favorecía hasta las fantasías más absurdas y pueriles, por lo que era natural y divertido esperar a que llegase la noche con la desesperada esperanza de algo de viento o mejor aún de una buena lluvia mientras se suponía que los pies no eran pies sino un sedoso par de gatos traviesos y juguetones.
Imaginó dos gatos negros. No solemnemente adultos todavía ni torpemente infantes ya sino más bien fibrosamente jóvenes. Uno -el izquierdo- tendría los ojos amarillos como la piel de los damascos, y el otro celestes como los del hijo del gringo de la vuelta, que la hacía suspirar por aquellas tardes. Los gatos estaban tan aburridos como ella, debajo de los tobillos, y se abocaban al entrenamiento de futuras fechorías provocándole sonoras efusiones con las cosquillas, un dejo de ternura con la gracia, y algo de esa excitación que la imagen de los felinos invariablemente evoca en las mujeres.
El juego de suponer que sus pies eran gatos la había cautivado tanto que cuando por fin se decidió a vestirse y salir ya estaba oscureciendo.
Todavía acostada, giró sobre sí misma primero para poder desperezarse mejor. Ahí sintió el primer maullido.
Se trataba con certeza de alguno de los infinitos gatos de la señora del fondo, que parecían no conocer límites a la variedad de tamaños y de colores.
Pero no, el segundo maullido fue más firme que el primero, más decidido, y provenía claramente de algún lugar de la habitación a oscuras. Más precisamente del otro extremo de su cuerpo.
Abrió la ventana que estaba sobre ella de un golpe y un tenue resplandor atardecido que se coló por la abertura le devolvió el brillo cristalino y aguzado de dos pares de ojos acechándola desde sus tobillos: unos amarillos, como la piel de los damascos, los otros celestes.
Se arrodilló en medio de un presuroso enredo de uñas y chillidos y prendió la luz.
Efectivamente, sus piernas desnudas y morenas bajaban desde las caderas en esa perfecta línea sinuosa que aumentaba su orgullo adolescente, llegaban a los tobillos tan tersas y saludables como siempre y allí cada una culminaba en el lustroso lomo de un hermoso gato negro.
Se asustó. Después se sorprendió hasta el desausiamiento. Finalmente sacudió la cabeza, resignada a no poder comprender lo que pasaba pero decidida a resolver el asunto de la manera más pragmática.
Se deslizó hacia el interior del vestidito de algodón que había dejado colgado sobre el espaldar de algarrobo. Se desató el rodete y se tejió dos trenzas. Buscó a tientas las alpargatas que arrojara bajo la cama y trató de ponérselas. Cuando un problema no tiene solución lo mejor es ignorarlo, pensó.
Pero no sería tan fácil en este caso, pareció responderle la situación. Los gatos -que antes habían sido sus pies- tomaron con muy buena disposición la iniciativa de jugar con las alpargatas pero de ningún modo se dejaron convencer con la insistente propuesta de quedarse allí quietitos y enfundados. Antes, en todo caso, respondieron con elocuentes uñas y persuasivos dientes a las torpemente histéricas manos de Natalia.
Intentó pararse. Al primer intento le resultó sumamente difícil, pero después, viéndose erguida sobre dos elegantes y ahora obedientes gatos de terciopelo encontró todo muy gracioso. Al fin y al cabo ni la brisa ni la lluvia se hacían presentes, por lo que el calor ni se ausentaba ni transigía y entonces todo era posible. Si se podía fantasear con que los pies no son pies sino que son gatos bien podían realmente no ser pies sino gatos.
Trató de caminar. Los gatos avanzaron, algo tambaleantes y desparejos, y se detuvieron frente al espejo de la pared en el preciso instante en que ella pensó hacerlo.
Está funcionando, se dijo a sí misma, antes de mirarse en el espejo y estallar en carcajadas hasta que las lágrimas le rodaron por las mejillas y la risa se le transformó en llanto y el llanto se le juntó en las manos con que se cubría la cara, tan mojada y roja como descorazonada.
La vida no tenía sentido si por un simple y aburrido jugueteo el crepúsculo del viernes perdía de golpe el augurioso olor a lavanda y la callecita recién peinada y estrenando moño, y el parral del patio del club adornado con guirnaldas donde -ahora sí, seguramente- la esperaba el hijo del gringo de la vuelta, y menos aún si todo aquel sinsentido estaba promovido por un calor tan agobiante y persistente que acentuaba hasta el fondo de la angustia la indignidad de cualquier situación rubricada por la pobreza -madre de todos los males, como es bien sabido-.
Decidió calmarse nuevamente y resolver las cosas de una manera sencilla. Si las alpargatas no funcionaron, cuanto mejor, sería la oportunidad de probar por fin esas agujas francesas que heredara y que hasta ahora había respetado, más por temor a las alturas que por falta de ganas o por exceso de pudor.
Sacó del viejo ropero los impecables tacos de charol, les repasó el brillo con el volado de la manga y se dispuso a la segura batalla de colocárselos, cueste lo que cueste.
Pero no le costó nada. Los gatos apenas vieron los zapatos dispuestos frente a ellos se deslizaron sensualmente en su interior y se acomodaron allí con tanta elegancia que así daba gusto haber perdido los pies. Casi se sintió orgullosa de los lustrosos zoquetes de piel que asomaban del empeine, de esas colas erguidas y pomposas que se elevaban desde los talones, de la confianza y la solvencia que transmitían con su obediencia. Con toda seguridad sus auténticos pies no hubieran respondido con tanta presteza al desafío de los tacos altos.
Justo entonces, cuando decidió pasar del éxtasis contemplativo a la caminata presumida, los infinitos gatos de la señora del fondo -que aparentemente no conocían límites a la variedad de tamaños y de colores- iniciaron en el tejado de enfrente su habitual cortejo nocturno. Inmediatamente sintió como se transtornaban sus mutados pies. Como respondían ronroneantes al llamado del instinto, y su natural instinto femenino le auguró que las cosas ya no iban a seguir los planes que ella les trazara.
Con renovada sorpresa vio como los zapatos se le desgajaban y se abrían ante el empuje interno de las garras y los hocicos. Vio como el charol se partía y se acomodaba sobre los distinguidos lomos convertido en dos impecables trajes de smoking, felinos y a medida. Así dispuestos y ataviados ambos gatos se miraron, intercambiando complicidad y proponiendo aventura, y se dieron a la pronta carrera que habría de conducirlos al vértice de aquellos tejados.
Naturalmente Natalia no tuvo otra alternativa que acudir al vértigo y viajar, llevada por esa inesperada e inoportuna realización de sus fantasías siesteras, al cónclave lujurioso que se celebraba en las alturas.
No fueron pocos los vecinos que aquella noche la vieron pasar contra el reflejo de la luna dando alaridos desaliñados y lastimeros de una punta a otra de los techos del caserío, llevada por un par de gatos trajeados de charol. Afortunadamente para su posterior reputación nadie estuvo decidido a creer semejante desfachatez, por más que sus propios ojos lo atestiguaran, y unánimemente se decidió atribuir todo el asunto a los desvaríos del calor, que prometía no menguar jamás.
Por su parte Natalia soportó con estoicismo el bailecito, la erizada, los combates, las carreras, los desaires y demás desavenencias del felino romanticismo. Contempló con cierta tristeza como sus gatos -o sea sus pies- esquivaban el éxito en sus pretensiones amorosas mientras los machos de la señora del fondo, haciendo gala de sus tamaños y sus colores, se ganaban una a una a las hembras de la señora del fondo, tan pretendidas por sus colores y sus tamaños.
Finalmente, cuando el campanario de la capilla -que había sido la última escala de esa fiesta- comenzó a despoblarse de gozosos quejidos y de cansados amantes, comprobó que su derecho, el de los ojos azules, no era gato en realidad, sino gata. La comprobación vino a efectuarse en el preciso momento en que el izquierdo, el de los ojos amarillos, decidió morderle los talones a la derrota y abocarse a la postergada oportunidad de conquistar a su inseparable compañera, que para su placer no opuso la más mínima resistencia.
Natalia se enteraría después que el hijo del gringo de la vuelta -el de los ojos celestes- no había acudido al club y estaba huyendo esa misma noche en su primera y decisiva experiencia amatoria: Don José, un rancio camionero que frecuentaba esa ruta. Lamentablemente la escasa instrucción de Natalia no pudo hacerle notar tan curiosa como cabalística coincidencia: uno de sus gatos cambia de sexo cuando la fuente de su inspiración se aboca también a análogos cambios.
Lo cierto es que sus gatos, empeñados en no querer dejar pasar la noche, se enredaron en fogoso abrazo, obligándola a adoptar las más inverosímiles posturas, lo que si bien habría inflamado de mística admiración a los orientales cultores del yoga, en el desvelado cura parroquial que la estaba observando no hicieron otra cosa que encender la hoguera de los más prosaicos y mundanos pensamientos pecaminosos. Cabe aclarar que el casto Padre no se había percatado de la particular situación podológica de Natalia, y suponía que todas esas poses y esas revolcadas en el techo de su capilla eran una directa y desenfrenada provocación.
Sin embargo, ni bien los gatos hubieron concluido y consumado su desvergonzada exhibición, condujeron a la ahora resignada Natalia hacia las afueras del barrio, quedando a cargo del cura párroco la ominosa tarea de asumir y resolver mediante la oración aquel forzado incidente voyeurista.
Natalia debió refugiarse entre los baldíos anegados de verde o en la estación abandonada al herrumbre que enmarcan las márgenes del río, pasando los cincuenta y seis días que ocuparon las ocho semanas del embarazo de su pie derecho llevando una verdadera vida de gatos. Tuvo que soportar las peleas y el malhumor del izquierdo, que ya no se divertía como antes con su compañera, contrariado tal vez por su ineludible paternidad. Tuvo que bordear, buscando lauchas, pajaritos y demás alimañanas, las recientes zanjas que el gringo de la vuelta cavara en su hiperactiva desesperación, después de ver a su hijo revoleando una carterita y luciendo una escandalosa minifalda turquesa. ¡Il mío filio maricone! gritaba y se arrancaba los pelos del pecho. Estas fueron las contundentes palabras reprochadas al viento que enteraron a Natalia, oculta tras unos matorrales, de la suerte de su pretendido galán.
Desde entonces se dedicó cada siesta a imaginarlo recuperado, a soñar que volvía y la buscaba, bien hombrecito claro, como corresponde.
Y así fue como un buen día se cumplieron los plazos naturales y el embarazoso pie izquierdo, o sea la gata de ojos celestes, interrumpió el caluroso silencio del mediodía con los aullantes quejidos del parto.
Fue una camada preciosa podría decirse, aunque en un sentido no muy convencional, dado que en los apenas quince minutos que duró la parición dio a luz ocho hermosos y rozagantes piecesitos: cuatro izquierdos y cuatro derechos, exactamente.
Natalia no se permitió sorpresa alguna. Dejó que su gata derecha amamantara como corresponde a sus inquietas crías, procurando mantener alejado al belicoso izquierdo mientras contemplaba la graciosa succión que los piecesitos efectuaban con sus pulgares y sus índices.
A lo lejos el horizonte amontonaba nubes, pero aquí el calor parecía dispuesto a preparar batalla a las futuras lluvias arreciando sus embates hasta extremos ya difíciles de percibir.
Natalia aprovechó los delirios de fiebre que da el sudor para soñar con su gringo. La despertaron los piecesitos, jugueteando con su madre, la pie derecho, y malhumorando al siniestro padre. Pensó en meterlos en una bolsa y tirarlos al río, como hacía su tío cada vez que la gata tenía crías. No va a funcionar se dijo, a mi me encantaba llegar al río y pasarme las horas con los pies en el agua removiendo piedritas, y estos piecesitos después de todo son hijos de mis pies, así es que no va a funcionar. Sin embargo, se acercó merodeando hasta la orilla, seguida de cerca por la absurda tropa de cuarenta deditos. Ambos gatos se negaron a continuar, no queriendo siquiera mojarse la punta de las uñas, pero los ocho piecesitos, sin que nadie se los impidiera, se arrojaron uno a uno a la corriente y fueron desapareciendo lentamente en el pasmoso caudal.
La gata miró al gato, como reprochándole la negligencia. El gato respondió a la mirada como quién dice "y yo que puedo hacer", y Natalia se hartó ya de todo eso y gritó y dio un salto y fue a caer sentada y furiosa en medio del río.
El agua estaba tibia, caliente casi, pero un techo negro y movedizo cerraba el cielo garantizando la tormenta. ¡Se va a acabar todo esto, gritaba Natalia, los voy a ahogar, ya van a ver! En ese momento un hilo de brisa le corrió el pelo de la cara, refrescándosela levemente. Ella se miró los pies, debajo del agua, y resultó que eran pies sus pies, y no gatos. Entonces sintió el primer trueno.
Por fin, pensó, por fin algo de lluvia para apagar este calor insoportable.
Pero no, el segundo trueno fue más cercano, más sostenido, y el viento tibio que se había levantado lo traía claramente desde detrás de la loma donde giraba el río, a sus espaldas. Por allí apareció galopando, tronando sobre el agua, el brioso corcel blanco que montaba el gringuito de la vuelta, tan virilmente. Se detuvo a su lado y la saludó con el sombrero. Ella le sonrió, embelesada, con el vestido mojado y el pelo suelto flameando al viento. Sin decir una palabra él la subió a su potro y prosiguió la carrera, acariciados por un viento caliente y salpicados de agua tibia.
A lo lejos, el sol asomaba entre las nubes vencidas sus gloriosas rampas, incendiando el horizonte con promesas de un calor inquebrantable.

Noche de lluvia

Noche de lluvia
habitación destruída
dos hombres con sombrero de ala ancha
e impermeable gris


— Good nite gentleman. Wath`s up?
— Bad nite, i guess. Ha sido reciente. Fíjate en la herida que lo mató, novecientos metros por segundo de plomo en medio del paladar superior. Nueve milímetros el orificio de entrada, ciento veinte el de salida. Los pedazos de occipital aún están pegados en la pared. Arma de mano, sin silenciador a juzgar por el destrozo que hizo el caño al penetrar con violencia entre los dientes. Automática, los otros siete disparos que recibió en la cabeza están demasiado próximos entre si. De todos modos se tomó tiempo para vaciar un cargador completo en el corazón, otro en el estómago, otro en los intestinos, otro en el hígado, de costado. Luego lo pateó hasta darlo vuelta y prosiguió con los regalos, uno en cada pulmón, otro tanto en los riñones. Sesenta y cuatro balazos con munición explosiva, todas ellas previamente embebidas en un misterioso neurotóxico amazónico. Se quedó sin carga parece, porque continuó con este bate de acero cromado que halló aquí. Un trabajo pesado, no ha de haber sido sencillo convertir las cuatro extremidades en esa papilla homogénea, la astilla de fémur más grande que encontramos hay que verla con el microscopio. Suponemos que utilizó algún tipo de alcohol especial para rociar el cuerpo. Cuando lo icineró se había asegurado de que sólo la piel se consumiría. El resto quedó así, chamuscado y abierto. Tuvo el cuidado de mojarle el rostro, para facilitarnos la identificación al parecer. Pero prefirió decorarlo antes de irse. Usó el juego completo de machetas de la batería de cocina. Un trabajo prolijo. La primera en el eje de la cara, desde la frente hasta el labio inferior, profundamente incrustada. Después una a cada lado, desde la oreja hasta la mandíbula, y dos más atravesando cada ojo. Los cinco cabos forman una pudorosa cerca en torno al cuello, que se ha deshecho por la tensión excesiva del rollo de alambres de púas con que fue ahorcado. Hallamos algunas píldoras entre los guiñapos del esófago: colesterol, de la más alta densidad.
— Un chico malo, verdaderamente.
— No he terminado aún. Antes de irse le perforó la tonsura con este pico para incendios y abrió la válvula a la máxima presión. Nunca he visto un lavado de cerebro tan certero, setenta y dos horas de peritaje y sólo hemos reunido dieciocho gramos de su diluída masa encefálica.
— ¿Algún indicador, algo que nos sugiera un móvil?
— No pudimos revisarle el ano porque no se lo encontramos. Lo han dado vuelta como a una media, los veinte centímetros de recto cualgan desgarrados junto al manojo de anzuelos para tiburones con que lo extrajeron. Tiene tanto esperma en el colon como para fecundar a cada hembra del planeta, de aquí en más.
— ¿Crimen pasional?
— Imposible. El santo abad había sumado a sus votos de castidad una rigurosa vida de hermitaño y esta era su primer visita a la ciudad en los últimos cuarenta y dos años. Lo canonizaban en vida, precisamente por su inmaculado celibato.
— Descartada esa hipótesis ¿Qué me dices del dinero? ¿Alguna herencia, una corporación quizás?
— Ese maletín no estaba aquí antes. Lo trajeron, cinco millones limpios en billetes de baja denominación. También dejaron cheques en blanco y títulos inmobiliarios. El monje sólo tenía este hábito raído, el mismo que usó todo ese tiempo. Propiedad del monasterio, por otra parte.
— Shit, fuckin problem.
— Llamó el comisionado. Sugiere "suicidio", y quiere que lo demostremos.
— Suicid?! Wath you mean?!
— Sucede que los de fotografía habían organizado un torneo de paperbasquetball con los de laboratorio, el viernes a la salida. Por supuesto todos llevaban los portafolios del trabajo. Después de unas cuantas cervezas alguién mostró fotos de la escena, para divertirse un poco. Uno de laboratorio descubrió una figura, en segundo plano, y al terminar la noche ya tenían lista una descabellada teoría ¿Ves esto?
— Un tenedor.
— Lo mismo dije yo cuando me lo mostraron, pero fíjate...
— Todos los enseres de cocina desparramados en el piso. Quiero suponer que por la búsqueda de las machetas.
— Sería lo más lógico, pero los de laboratorio reunieron el mosaico de los de fotografía jugando con la idea del chino: la disposición de los cubiertos correspondía a los antiguos hexagramas del I Ching. Exactamente.
— Un psicópata religioso, entonces.
— No exactamente. Resulta que "esos" hexagramas dispuestos de "esa" manera completan un textro sagrado hasta ahora desconocido. La leyenda habla del equilibrio entre los mundos, de la obediencia de las diez mil cosas, del manantial del ser. Aparentemente existe una obscura relación entre ese texto y los pantáculos sobre el homúnculo de los alquimistas medievales.
— Ah, claro, ahora entiendo...
— Así es. El reverendo venía recibiendo todo tipo de galardones por su buena conducta. Medallas, trofeos, copas mundiales. Todo lo donaba a instituciones de bien público. Pero cuando consultamos a los de psicología nos aseguraron que su inconciente estaba "con certeza" saturado de represiones. En cualquier momento estallaba y resugía su juventud de pederasta.
— Pederasta?
— En los archivos consta que su prontuario provocó el humilde perdón con que el Papa absolvió post mortem a Gil de Raiz. Por ingenuo y cariñoso, argumentó el pontífice. El maletín contiene las limosnas que hurtaba en sus momentos de flaqueza. Lo hizo traer con un novicio, que llegó tarde.
— Eso explica lo del dinero, pero ¿cómo pudo suicidarse así?
— La fórmula oriental, entre otras cosas, dotaba de vida a los objetos inanimados. Cuando se suelta el conjuro algo así como un espectro germinal se proyecta de la voluntad del operador y cobra independencia para acatar sus órdenes. En este caso, su propia muerte. El fluído astral correteó por la habitación y desmanteló la cocina. Halló lo que buscaba en los cubiertos, para dotarse de un esqueleto articulado. No sabemos de donde sacó las armas, probablemente otro souvenir del obispo, sustraídas de las limosnas.
— ¡¿Me estás diciendo que se mató a si mismo a través de un maldito truco de circo?! ¡¿Un fucking aprendiz de brujo acaso?, y cómo explicas la violación?! ¡¿Eh?!
— Es posible que el muy cochino practicase el auto coito.
— ¿El qué?
— El auto coito. Recuerda que los santos suelen gozar del don de la ubicuidad. Pudo haberse duplicado para esperarse en la habitación. Cuando llegó se encontró consigo mismo, y después de charlar un rato se fueron a la cama.
— Caramba, un caso cerrado.
— Sin embargo yo pienso otra cosa. El comisionado está conforme con la investigación y quiere que todo quede así, pero yo creo que fue un accidente.
— Déjame adivinar, en el reloj está la clave ¿verdad? El reloj de pared se ha detenido cinco minutos antes de producirse el crimen, aunque las baterías están completas. Además no está en la pared, está en el techo. Es una señal. Los objetos cobraron vida cuando el conjuro aún no había concluído. El padre no pensaba ordenarles su muerte, tenía en mente completar una menage trua. Pero algo anduvo mal y el espectro se desbocó, acabando con su vida.
— Exacto. Como no había voluntad de morir, no hubo suicidio. Tampoco hubo asesinato, porque no intervino otro individuo. Entonces fue un accidente.
— Yeah ¿Quieres una rosquilla?
— Yeah. Ven, vamos afuera.
— Yeah. Dejame conducir a mi.
— Yeah.

Sudamérica

Sudamérica
07:30 PM

Acabo de desembarcar en Buenos Aires, sorprendido por la noticia de que el avión arrojó los equipos en paracaídas hace apenas una hora y los diligentes aborígenes ya los encontraron, y los robaron.
Los mosquitos no me permiten disfrutar del hermoso atardecer en la selva porque son tantos y tan grandes que nublan la visión. Mañana trataré de conseguir equipos nuevos, en este lugar. Que Dios me asista.


He logrado que un grupo de aldeanos supere su temor al hombre blanco y se integre a mi comitiva. En la retaguardia, cargando los bultos.
Al alba, ni bien partimos, pudimos observar una manada de jirafas, a los lejos, y escuchamos el rugido del león. Esto es maravilloso.
Cuando llegamos al pueblo los aldeanos se dispersaron, robándonos los bultos. Nunca más volvimos a verlos. Pude contactarme entonces con un oficial del gobierno, a quien tuve que darle todo el dinero en efectivo que traía conmigo para que me dejase regresar a la calle.
Durante el resto del día anduvimos por los hacinados mercados de la ciudad, tratando de pasar desapercibidos entre el tumultuoso gentío. Pero nuestras cámaras fotográficas y nuestros sombreros de lona a rayas rojas y blancas con estrellas azules acabaron resaltando demasiado sobre el fondo homogéneo de túnicas azafrán y turbantes oscuros, motivo por el cual nos detuvo un vehículo con un destacamento de militares armados hasta los dientes y no tuvimos otro recurso que reunir todo el dinero que teníamos encima para recuperar la libertad. Yo no pude contribuir porque ya le había dado todo al oficial anterior, pero ellos no entendieron mi marcado acento de Beberly Hills y decidieron entretenerse durante un par de horas pateándome las costillas, haciendo bromas y riendo a carcajadas.
Más tarde mis compañeros consiguieron un junco de pescadores dispuestos a regresarnos al campamento a cambio de las cámaras, pero una vez hecho el trueque nos empujaron al río y tuvimos que hacer todo el trayecto a nado. Perdimos al iluminador, había pirañas.


Ayer pasamos la noche a la intemperie, pues al llegar -exaustos- nos dimos con la novedad de que nos habían robado el campamento. Una banda de traficantes cruzó por el pueblo en plena madrugada, y una bala perdida nos ha privado para siempre de la compañía de nuestro asistente de sonido.
Nuevamente en el centro de la ciudad nos dividimos para poder ubicar los sitios históricos en los que pensábamos rodar las principales tomas.
Una vez solo me vi rodeado de un enjambre de simpáticas criaturas, niños morenos y descalzos que revoloteaban alrededor mío, como queriendo tocarme aunque sea. Sonriendo enternecido quise darles unos dulces, pero huyeron asustados. Entonces comprobé que me habían robado el reloj, el cinturón y los botones de la camisa.
Subí por una callecita empinada atándome las ropas para no perderlas, hasta llegar a una vieja iglesia en la cumbre de una sierra arenosa y soleada donde un pastor soplaba una caña vigilando una manada de vicuñas. Al acercarme sus perros me atacaron y me robaron el sandwich que me disponía a saborear. Decidí volver.


Hoy nos reunimos todos en el centro de la Plaza de Mayo, excepto el guionista, que ha sido encarcelado y desaparecido -el Señor lo ampare-. Nuestros técnicos nos aseguran que la revolución comunista se produjo exactamente en este lugar, donde ahora hay un puesto oficial de elefantes de carga. Un anciano sucio y desaliñado se ha ofrecido de guía. Decidimos tomarlo.


Hace días que busco un teléfono pero no logro hacerme entender, al parecer aquí no se conocen tales artefactos. El viejito que nos servía de guía se ha robado al resto de la comitiva para venderlos como esclavos a un mercader del sur. Ahora estoy solo en este lejano país, tratando denodadamente de comunicarme con la producción.
Ayer decidí enfrentar la situación de manera positiva, con optimismo, con fe y esperanza. Me había mordido una serpiente mientras dormía y eso fue lo que me recetó el médico del pueblo cuando le pregunté por el antídoto.
Tengo un grupo de niños a los que doy clases de inglés, me he convertido en ayudante del médico y estoy reparando el encordado del piano de la escuela, que aparentemente nunca ha sido utilizado. Espero con ansiedad que alguien me rescate.


Llegué hasta la famosa Avenida Corrientes gracias a la bondad de una caravana de camellos que transportaba drogas peligrosas hacia las rutas del norte. Tuve que pagar el viaje con mi anillo de bodas pero no me dolió, porque después de esta impensada ausencia de varios meses tengo la certeza de estar ya divorciado.
Finalmente encontré un teléfono en el sótano enmohecido de un tugurio atendido por un librero turco surcado de cicatrices escalofriantes. Los refuerzos llegarán en una semana. Aleluya.


Estos siete últimos días los he pasado tratando de localizar el punto de encuentro. Los Cien Barrios Porteños resultaron mucho más peligrosos de lo que especifican los manuales de viajero. Traté de convencer a una banda de terroristas de la neutralidad de mi posición, pero ellos no la aceptaron y me obligaron a sumarme a su causa en un atentado suicida y morir por ella, o caso contrario me matarían ahí mismo. Milagrosamente logré salir de esa situación pero caí en un círculo secreto de hechiceros vudú que estaban buscando un demonio blanco para sus sacrificios humanos. Desafortunadamente tampoco hablaban inglés por lo que no pudimos entendernos de manera civilizada y aún no me explico cómo es que logré escapar ileso del altar de las víctimas -la pérdida de las dos orejas no merece ser tenida en cuenta-. Me atacaron los monos, un oficial de gendarmería me disparó a matar -y falló- y un grupo de búfalos salvajes me mantuvo subido a un árbol repleto de hormigas tropicales durante más de catorce horas. Pero alcancé a llegar a la pradera indicada, en la desembocadura de dos caudalosos ríos, treinta minutos antes del encuentro.


El helicóptero fue puntual. Pude ver la sonrisa complaciente del piloto al saludarme tras sus rigurosos Ray Ban mientras los muchachos descolgaban desde lo alto un embalaje hasta donde estaba yo, sacudiendo los brazos y gritando desesperado ¡help! ¡help!
El bramido de las aspas no permitió que me oyeran, y un viento recrudecido los hizo moverse del lugar. Cincuenta metros más adelante descargaron otra caja, me saludaron desde lo alto y se perdieron en el horizonte.
Entorpecido por la prisa y la confusión destapé el bulto más cercano: había cintas, cien kilómetros de inútiles y frívolas cintas de celuloide.
Corrí furioso y casi llorando hasta la otra caja y la abrí a los golpes, volcando sobre la hierba su exhuberante contenido: profilácticos, bronceador, repelente, buen tabaco, goma de mascar, sellos postales, afeitadoras eléctricas, peine, lustre, fijador, pilas, espejitos, cuentas de colores y... una bandera, una hermosa y radiante bandera americana.
Estoy salvado.

Los primeros inmortales

Los primeros inmortales

Querido Oliverio:

Quiero contarle que esta vez el rutinario viaje desde mi casa hasta la city, desde los mas externos extremos de la ciudad hasta el propio centro, se ha visto sorpresivamente enriquecido por esas mismas relaciones de polaridad.
Me preguntaba, mientras caminaba ya por las anchas veredas de la avenida principal, si mi residencia, tan contundentemente alejada, se vería rodeada alguna vez por el invasivo progreso urbano.
El primer impulso de mi mente fue negar tan absurda fantasía. Por más que el círculo del centro siguiera expandiéndose jamás llegaría a tocar esas remotas latitudes.
Pero la insistencia de la idea tradujo mi exageración vulgar a conjetura plausible: en cincuenta años, aproximadamente, me respodí entonces.
Como usted ya sabe, mi hogar está engarzado a una mancha verdosa de terreno idéntica a la del otro centenar que se arracima en el borde de una colina profusamente cultivada. Por lo tanto, las primeras oleadas de urbanidad deberán abocarse a cubrir el maizal, los limonales, el monte raso. Pero esta cobertura inicial va a estar con certeza emparentada con la que honrosamente me cobija hoy. Los pioneros delatamos la naturaleza de aquello que está por venir. Es decir, esto va a dejar de ser el borde del campo, pero ese caracter simétrico, reiterativo y meramente habitacional de barrio suburbano no va ha disiparse tan pronto.
Al menos hasta que demuelan algunas casas, contra argumenté.
Ciertamente. La demolición rompería las simetrías y abriría conductos por donde la modernidad en altura podría infiltrarse, elevando finalmente la cotización del contexto y atrayendo capital.
Eso va a ocurrir cuando las casas ya no resitan y abandonen como todo la voluntad de sostenerse. En cincuenta años, aproximadamente.
Para entonces, pensé, voy a ser un anciano. Si todo prosigue como hasta ahora, acelerando, y ninguna eventualidad interrumpe definitivamente mi decadencia, voy a ser uno de los viejos de ese futuro, donde mi barrio va a ubicarse en el centro de una enorme ciudad, rigurosamente urbanizada y escandalosamente industrial.
Voy a estar cerca del borde de la expectativa de vida actual. Pero ese borde es apenas el actual. Para entonces se habrá corrido, y novedosas técnicas de rejuvenecimiento y reconstitución vital van a permitirme gozar del futuro, al menos por otra fugaz juventud.
De tal modo que no sólo voy a vivir mi futuro, sino que también voy a tener ocación de visitar un futuro más.
Sería discutible el hipotético acceso de mi precaria condición económica y social a tan importante prestación, pero sospecho que el socialismo es una condición que opera progresivamente en el desarrollo de la historia. Quiero decir con esto que no imagino un mundo donde se hayan desarrollado posibilidades reales de prolongar la vida, pero que sólo estén al alcance de algunas minorías. Sin duda estas minorías habrán de preveer la desfavorable reacción de las mayorías correspondientes, con lo que por haberse prolongado la vida acabarían por habérsela acortado de manera dramática. Estoy convencido que optarán por compartir. Ese tenso equilibrio de solidaridad forzada en que los mejores desempeños son los que más se multiplican ya ha ocurrido, y no hay atisbo de que se lo pueda abandonar. Sostengo por lo tanto mi pretención de un plus de futuro.
Supongo que allí habrán proseguido con su avance los logros en la extención de la vida humana, y para entonces tendré que sumergirme en un amargo período de actualización laboral, rescinción de jubilaciones y trámites parecidos para poder cancelar las largas cuotas del plan para seguir viviendo.
Pero la calidad del producto que va a consumirse en ese mundo de yuppies ha de ser muy superior a lo imaginable ahora, puesto que habrán de estar maduras ya las técnicas que hoy nos sorprenden con sus balbuceos natales. Por lo que alego que voy a alcanzar el punto de fuga. La carrera entre el veloz corrimiento de la expectativa de vida y mi pausada vejez, cada vez más obstaculizada, va a jugarse en un pista de Zenón, donde la llegada se aleja infinitamente de la largada.
Aquella sociedad, sin duda, tendrá que asumir el sumatorio crecimiento de sus miembros admitiendo las limitaciones geométricas de la esfera. No cabríamos en el mundo en caso contrario.
Eso reactiva mis más lúdicas aspiraciones: me veo con el equipaje, cargado de felicidad, ansioso por los pasillos de un puerto en el espacio. La humanidad, propietaria ya del futuro, explayándose en el cosmos por la necesidad de lugar. Hermosa imagen. No sólo voy a ser inmortal, sino que además voy a navegar por el archipiélago del sol, y voy a viajar después hasta las lejanas estrellas.
La ocupación total del universo insumirá muchos eones, espero. Tiempo habrá de sobra para recorrer las doradas arenas galácticas, meditar entre las coloridas nebulosas, asistir a la explosión de las hirvientes novas.
Para entonces la vejez, tan retenida en el cuerpo, se habra espesado en el alma adquiriendo una densidad de agujero negro, una hondura superior a toda palabra. En ese momento, especulo, agotada la necesidad de la materia, podrá desplegarse en todo su cuántico esplendor el despertar del espíritu. Asi es, como verá, también voy a ser un Dios.
Este revelador pensamiento, le decía, ha sido motivado por la pasividad obligatoria de un viaje en colectivo. La esperanza sobreviene, entonces, si enfoca el gran angular de las conclusiones hacia los misterios insondables del destino.
Note usted que ya de niño aprovechaba tales circunstancias -las caminatas, los colectivos- para vislumbrarme un porvenir inmortal, aventurero, divino. Certezas que abandoné entre la pubertad y el segundo empleo.
Sin embargo, en este extremo, inaugurando panza y encaneciendo resignación, vengo a descubrir el valor profético de todo aquello. Fueron auténticas visiones. Ahora, que soy un hombre sensato, advierto el inmediato sentido del eterno retorno.
He vuelto a creer mi amigo, y estoy dispuesto a defenderme de la cordura y del delirio por igual. Siempre supe lo que yo debo hacer: esperar. Felizmente, sólo esperar.

Con cariño, Sardo

El lustrabotas

El lustrabotas

Estimado Sardo:

Ayer recibí su carta estando recién despierto, y la puse en un bolsillo del saco, abandonando luego la casa con la pava al fuego. Iba hasta la esquina, a comprar cigarrillos, y decidí volver por atrás, demorándome otra cuadra en ese buche tibio y procaz que es el mercado. Una vez dentro, la claridad pálida de los pasillos me tendió su laberinto adornado de jamones, de guirnaldas de apio, de tules vaporosos de olor a pizza. Sucumbí, por supuesto, al olvido negligente de la pava y del fuego, hundiéndome en las nervaduras de ese racimo de pimientos rojos y manzanas verdes, canastas de mimbre, chivos desollados y pollos al espiedo. Quedaba afuera el aire frío —crudeza de la mañana— excusando el abandono al ataque de la oferta en el aumento inclaudicable de mi apetito en demanda. Estaba en ayunas, después de todo. Una vez en la banqueta, esperando frente al horno que saliesen las empanadas, saqué el sobre del bolsillo y lo posé en los azulejos descoloridos y engrasados de la barra. Pasó un lustrabotas —ocho a diez años— señalando interrogante hacia mis zapatos. Sacudí automáticamente la cabeza, entendió que no y se perdió entre la gente. Mientras humeaba el hirviente pastelito por un bocado suicida abierto en una oreja, descansando en su servilleta gris de papel de almacén, volví a pensar en las alternativas de un cambio de oficio, tema que me viene obsesionando desde que me vi obligado a ejercer el mio. Otro oficio formal y calificado requeriría un protocolo de exigencias tan hartante como el que tengo. Un oficio liberal en cambio, que incluya riesgo, precisa de la inevitable solvencia para arriesgar. Alternativas que descarto entonces, asomándome al panorama misterioso de los trabajos informales. El de lustrabotas, por ejemplo ¿quién los instruye? ¿dónde se agremian? ¿quién los regula? Profesión arcaica, como tantas otras, que perpetúa en las ciudades las tradiciones más antiguas. Las herramientas se obtienen desbrozando el ambiente. Las técnicas se imitan en prestación espontánea, in situ, de hombre a hombre. Tenía la lengua levemente ampollada después del desayuno. Caminé hasta los baños, para tomar agua, iniciando un desvío que postergaría la lectura de su carta, nuevamente en el bolsillo, hasta bien entrada la extinción del día. El corredor de servicio, bajo las chapas empalomadas que cubren las cabreadas del techo, es también depósito temporario, aparcadero de carros, rincón de merodeos. Una torre de cajones de madera obstruía el paso a los demás, pero a mi me encandilaba la imaginación. Compulsión de cosa real que me sedujo con su pilosidad de tabla mal estacionada y su disfraz de moho. Olor de fruta ausente, rancia, ya comerciada. Sabor de despojo útil, osamenta suceptible aún de ser predada. La aspereza se astilla entre los pliegues de la mano penetrando en la piel el dolor de la experiencia. Lo apoyé en el suelo, mosaico calcáreo de barro de huerta, de hiel de pescado. Haciendo palanca con los brazos logré aflojar el óxido incipiente de las humildes correas, de los clavos valiosos. Conjunto gratuito de elementos obtenidos que ahí mismo pude, como casi cualquiera podría, ensamblar de otro modo. Usé una piedra para ello. Estaba fría y mojada bajo una canilla que goteaba. La arena pegada se adhirió a las palmas, saltó con los golpes. Cuando hube terminado, el sudor modificaba algo más que mis olores. Caminé hasta la marroquinería contando el vuelto de los cigarrillos. Nueve con veinte, alcanzó. Compré un par de cepillos, pomadas, tinta, cera y un hisopo. Acomodé todo eso en la caja, buscando en torno al mareo de la metamorfosis los paños para sobar. El mundo estaba cambiando, se lo aseguro. Suelen ser de tela de jean. Con mucha torpeza desgarré las piernas de mi vaquero, convirtiéndolo en un taparrabos deshilachado. Así conseguí los paños. Los coloqué en su lugar, alcé la caja con firmeza, y enfrenté la calle. —Se lustra, señor, se lustra! Eso es todo lo que hay que hacer. Uno siente la libertad, entonces, el peligro de ser libre. Andaba despeinado, con la ropa rota, las manos sucias y una cara descubierta que me mantuvo en son de prófugo todo el tiempo ¿Y qué hago si acceden? —Bueno, sí, les hace falta ¿irá a llover? Zambullirse a los pies de otro en medio de la sociedad. La novedad de la perspectiva: polleras sueltas, polleras cortas. Introducción al nivel de abajo, con sus territorios y sus castas. Lo que allí hice fue borrar las evidencias de las huellas. Polvo que se junta arriba, que delata. Uno quita lo andado al quitarlo, y es por eso que la persona parece recién salida. El resto del atavío no importa, los zapatos que brillan otorgan algo de virginal. Conocí la voz de los capataces y los policías, la charla de los taxistas. Fuí colega de niños y de ancianos. Tuve amigos, enemigos también. Hacia la noche, tarde, volví porque extrañaba. Traía un cajón percudido y un olor a motores como de ganado. La musculatura quejosa de la atención que pone un animal en la manada. En la mirada delirante la bruma arcana de la cacería. Abrí la puerta del departamento. Había un silbido, feroz, penetrante. Recién entonces pude volver. La pava hervía, a oscuras, desde la mañana. Prendí la luz, que sonó amarillenta. Me acerqué sin asombro y en el soplido espeso del vapor persistente despegué el cierre de su carta. Baldazo de agua tibia, sus ideas, baño que me quitó del mundo devolviéndome a la burbuja. Afortunadamente. Ojalá pudiese, como usted, solamente esperar. Ojalá pudiera controlar de ese modo mi adicción a la fantasía. Apagué el fuego, el de la hornalla, y encendí la memoria del día. En ella quemo los retazos de aquello que tuve y una sola cosa más le digo: vivir, es esa la única manera de anticiparse al olvido. Usted conserve su fe infantil, sométase a su liturgia y sacralice los desvaríos, que yo no aspiro ya a la divinidad. Desde ahora me contento, compañero, con ser una criatura. Una fugaz y furtiva criatura.

Afectuosamente, Oliverio

El poder del deseo

El reloj

El reloj

Todo se ha detenido. Las arañas dejaron pendiente su polvorienta trama. Ha quedado inmóvil en el aire el caudal de corpúsculos que hasta hace un momento se volcaba mansamente entre los engranajes. El pobre viejo parece haber perdido el corazón en este silencio, en el imposible silencio del corazón del reloj.
Nadie puede notarlo aún. El ojo amarillento de su pequeña maquinita recostado entre los viejos nudos de su mano, clavado en su mirada, añeja también. Y el minutero muerto, caído.
Ya no se siente el murmullo del palomar, aquí en la torre, ni llegan las voces claras y desveladas de la plaza. Sólo el desconcierto, llenando la bóveda, recorriendo los números, anidando al fin en la bronceada vejez del mecanismo, entre las ruedas dentadas de los enormes resortes.
Recuerdo cuando Pablo llegó al pueblo.
Llegó con las guirnaldas ardientes del alba, sin sentir todavía el inmaduro racimo de años que cargaba sobre sus jóvenes espaldas. Sobre las faldas de El Portezuelo, el nombre del lugar hacía ya tiempo se había borrado, cansado de ser leído tan pocas veces, resignado al olvido.
Seguramente también ese día la niebla de la mañana se retiraba del valle, sobre los bordes del cerro, como el humo fragante de los calderos de barro. Seguramente el aroma de las jarillas y los cardos, despuntándose el rocío, le hincharon el pecho, alzando un poco más aún su orgullo de estar vivo, sus irreflexivas ganas de ocupar su lugar entre la gente.
No estuve allí para verlo, pero imagino la cristalina bienvenida de los jilgueros, cuando al fondo la iglesia echaba al cielo sus campanas. El asombro debe haberle salido al encuentro, en el bosquecillo. En el pueblo se dice que lo habitan los duendes, que a veces bajan al caserío, pero ya nadie lo cree.
El joven Pablo llegó muy tarde a este entierro de la vitalidad, entre los adobes, en los adoquines, bajo los pasos arrastrados de esta irremediable pobreza, en la mirada perdida de este lugar.
Joven y extranjero, trajo consigo ese revuelo inocente que dispensa la curiosidad.
Primero los niños, después las mujeres, finalmente los hombres y los ancianos, salieron a recibirlo. El dejó que se reunieran, que una a una las voces del pueblo confluyeran al silencio de la expectativa, que la asamblea se aquietara. Que sus ojos llegasen casi a gritar queriendo saber.
Entonces, cuando ya nadie pudo guardarse en el recelo de su sombra, cuando todas las manos se ahuecaban por lo que pudiera dar, les dijo lo que haría en el pueblo. Sería el orfebre.
Aquí, las montañas solo pudieron parir las piedras grises y quebradizas que cimientan el barro erguido de las casas. La lluvia llega una vez al año, y se queda esa tarde a nutrir las pocas espinas que da la tierra. Lo demás, apenas si existe. Los abuelos usan la manta de sus abuelos, los niños andan desnudos.
La plaza quedó sonando con las últimas palabras de Pablo, que el eco repetía, como una burla. El mismo rasguño cansado que los pasos siempre le hicieron al suelo se llevaba, al alejarse, su huérfana inocencia. Solo quedó el cura y algunos perros, para verlo consumirse.
Con las manos cruzadas en la espalda, sin un rosario en el pecho, hurgando en su memoria, pobre también, algo que ofrecerle.
- En la torre hay un reloj, le dijo.
Lentamente, muy lentamente, Pablo empezó a volver de su hondura, a salir del naufragio
- Que yo sepa, nunca anduvo, agregó el cura, no se si tendrá algo que ver, pero si usted quiere...
Recuerdo el ruido de sus pasos al subir la escalera, el doloroso crujido con que la despertaba, bajo el polvo de los años. Recuerdo las prudentes indicaciones del párroco -ya olvidé su nombre- gritadas desde abajo. La muchedumbre reunida en la plaza, otra vez. Lo último que vi, antes de esconderme.
El estruendo de la portilla al caer. Su respiración agitada. Desde mi refugio pude oler su excitación, la posibilidad del triunfo, dando paso a la incertidumbre, para morir, luego, en el desconcierto. Era orfebre, no relojero.
La compleja palabra del corazón de la máquina fue incomprensible. Solo los brazos grandes y redondos que mueven las agujas se dejaron entender.
Lo recuerdo sentado, igual que ahora -pero tan joven- sacando del chaleco su brillante tesoro. Aún hoy, tras los jirones gastados de su ropa y de su piel veo brillar la gloria de ese día.
Siempre admiré su arrojo. La grave nobleza con que movió las palancas herrumbradas, igualando su hora con la del pueblo. La gratitud con que recibió, como a una brisa fresca y clara, la algarabía de afuera, allá abajo. Siempre admiré su constancia. Como siguió, minuto a minuto, corrigiendo el tiempo, dejando en paz el descanso de los engranajes, moviendo con las manos las agujas muertas.
La gente festejó la novedad de que el reloj anduviera, y el reloj anduvo, y la gente lo olvidó. Las palomas se comieron sus ruidos. La escalera de la torre volvió a dormirse, y ya nadie quiso despertarla.
Aquí vivió Pablo, desde entonces, convertido en un minuto, en cada minuto, en todos los minutos. Aquí dejó que sus ojos no durmieran, nunca, que sus manos se dorasen con ese tono verdoso con que envejece el bronce. Aquí está, detenido, sosteniendo la muerte de su pequeño compañero.
Voy a tomar su rumbo. Voy a salir de entre las placas rotas de las tejas, desde donde siempre lo seguí. Voy a dejarme caer por su brazo, por la nervadura metálica de sus venas, y voy a sumergirme en el globo indescifrable de su pequeño reloj. Allí voy a pasar mi vida.
Los duendes sentimos el pulso del tiempo, no lo voy a perder. Voy a mover con mis manos la máquina de Pablo, para que Pablo mueva la máquina del pueblo. Nadie va a saber de mi, de mi encierro voluntario.
Bajo la cúpula deshojada de esta torre van a morir mis palabras, nunca llegarán al bosquecillo.
Cuando de las seis de la tarde, seguramente el ocaso va a encender sus guirnaldas. A las ocho, bajará el rocío, y a las doce, quizás, grite la lechuza.

Hay flores, ahora

Hay flores, ahora

Hace un tiempo comencé a notar que perdía el pelo. Es decir, más de lo habitual. No ese ovillito gastado y desteñido que siempre tapaba el desagüe de la ducha sino una leve maleza enredada entre los dedos cada vez que mi mano me acariciaba la cabeza, hábito adquirido para aflojarme un poco el estres de seguir vivo. No le di importancia, al principio.
— Han de ser las raíces, que están secas, comentó por la mañana uno de esos infalibles y abundantes sabedores de todo.
No veo en qué pueda ayudarme semejante sentencia, pero son inevitables en mi edificio ese tipo de intromisiones.
Al caer la tarde no permití que los papeles se despidieran de mi, en el escritorio, los abandoné secamente. Luego dejé a la oficina ahogándose en la oscuridad, sin la esperanza ya de que no resucite.
La mole gris y extreñida del edificio me escupió a la calle, yo me dejé llevar. Me dio risa imaginar que era un excremento más flotando en la cloaca abierta de esta ciudad. Fue una risa de viernes, con ese lejano dejo a distensión que aún persiste y que ya sólo es el recuerdo atrofiado de lo que alguna vez el hombre tuvo como la alegría de abandonarse a la libertad.
Mientras trataba de recuperarme de las entrañas convulsivas del colectivo con las uñas clavadas en los fierros y me aferraba al timbre y me arrojaba a la noche por un puñado de aire aunque sea, volví a pensar en eso de la libertad.
Seguramente había más verde, y menos mugre. Se dice que la comida brotaba del suelo y que sobraba, entonces. Además, había flores...
En el umbral de mi casa, después de haber sido engullido otra vez por una mole tan gris y tan rancia como la anterior, recordé a mi vecino. Por lo de la flores, tiene el delirio de pretenderse jardinero. Yo creo que está totalmente loco, pero no es momento ya de discutirlo.
Cerré la puerta, a mis espaldas, simulando que me ponía a salvo del mundo. Pero el mundo vive aquí, adentro. Entonces sorprendí a mi mano, nuevamente acariciándome la cabeza, consolándome. Rastrillando el pelo, pensé, y tomé uno de entre los dedos, para estudiarlo.
La punta aguda, intacta. Poco brillo, ciertamente, y la raíz seca, en efecto. Pero no una raíz cerrada y obtusa, como la de cualquier pelo. No. Esta raíz estaba seca, si, y se abría en una maraña minúscula de rizos y nudos. También se distinguía, apenas visible, una corteza rojiza y cuarteada, llena de tierra. Es decir, era una auténtica raíz.
No entendí muy bien todo eso, dejé caer el pelo muerto y decidí olvidarlo. Avancé como un náufrago sumergido en el pastoso sudor del cansancio, apartando con los pies las cosas caídas a mi paso, dejando que los ruidos se llevaran las alimañas a sus guaridas. Finalmente caí en la cama y dormí toda la noche.
No tuve ningún sueño, por eso me resultó confuso encontrar al despertarme la almohada llena de terrones, de cascotes digo. Y pelos, muchos pelos, todos con la raíz seca.
Fue al levantarme cuando descubrí que la tierra había caído de mis orejas. Peor aún, por mis orejas. Esto me preocupó y recurrí al vecino. Era lo más cercano que tenía. Lo menos cuerdo, lo más peligroso, supe después.
Mi planteo no pareció interesarle mucho -estaba muy ocupado con unos bulbos marchitos- pero le entusiasmaron mis pelos. Me sugirió agua, abundante agua, mucha agua dijo.
— Lo que pasa es que las raíces están secas, aclaró, pero con abundante agua a lo mejor pueden salvarse.
Yo insisto en que está loco.
Crucé el pasillo, sin apuro, bajo las luces eléctricas del día. Se me ocurrió que tal vez fuera el humo que no deja pasar al sol lo que malograba los bulbos del vecino. Después de todo sólo los pétalos insulsos y percudidos del plástico pueden soportar la mustia vida de las lámparas. Antes quizás había flores.
Decidí asumir esa chatura insípida que habitualmente adquieren los sábados y me hallé desnudo sobre el desorden del piso, regándome la cabeza.
El agua se volcaba, clara y fresca, bajando por mi cuerpo en cintas frías y enturbiadas por el riego.
Fue realmente vivificante la sensación. El pelo sediento absorbió toda el agua que le di. El espejo del baño lo descubrió alzado, brillante, firmemente aferrado a mi azotea.
Cuando le llevé la novedad al jardinero apenas si me escuchó. Le pareció obvio lo del pelo, había estado seco. En cambió se excitó muchísimo al embarrarse el dedo en la fina línea de tierra que habían juntado mis cejas.
— ¡Es de la mejor, es excelente! gritó, después de olerla y de probarla.
En ese momento me asustó volver a pensar que estaba loco. Me habló de las bondades de la tierra, dijo ser la primera vez que veía algo tan bueno en este infinito basural de cemento y asfalto. Me felicitó.
Primero me sentí orgulloso, pero después vino esa maldita curiosidad que uno todavía conserva a traerme sus dudas. ¿Por qué tengo tierra en la cabeza? ¿será que tanto ruido y metal y multitud me han generado esta protesta? ¿o es que vino aquí, a refugiarse, la poca que quedaba en el planeta?
Antes de que hallara ninguna respuesta entró el vecino nuevamente. Llegó muy alborotado, hablando de plantas y de suelos, describiendo la singular belleza de los jardines enmacetados. Traía sus herramientas consigo. No me dejó decir nada. Me sentó en una silla, frente a la mesa, donde había descargado todos sus utensillos.
No paraba de hablar. De las semillas, de las épocas, del método. Mientras, con una sierra antigua y herrumbrada, me habría prolijamente la tapa del cráneo. Me cosquillea el estómago al recordar el crujido.
Después, cuando hubo sacado la cáscara leñosa y cubierta de pelos removió la tierra, le agregó agua y hundió sus bulbos allí.
Hoy es domingo. Recién ha pasado un día y ya asomaron los tallos, desperezando alegremente sus capullos.
Me apena un poco ver como el pelo se me seca, con las raíces anhelantes, boca arriba, abandonado en la mesa.
En cualquier momento vuelve mi vecino, cantando. Se lo ve muy contento. Estoy seguro de que está loco, pero ya no puedo moverme.
— Maravilloso, maravilloso, se lo pasa repitiendo.
¿Qué será la libertad, me pregunto? Tampoco puedo pensar mucho ahora, con la cabeza removida por los dedos de la locura, pero cierro los ojos y veo colinas doradas y praderas verdes, hartas de sol, veo la piel de esos paisajes, que se humedece, que se enfría, que se eriza. Me veo desnudo, limpio, dorado y verde, cubierto de pétalos, de barro, de lágrimas. Olor a piel, y a mojado, y a un algo dulce y triste, pero hermoso, a un algo que cae, desde arriba... Puedo sentir como cae, y cae, desde arriba, el perfume colorido de los cálices. Yo estoy aquí, sentado, inmóvil, pero se que se han abierto.
Se que hay flores, ahora.

Los árboles

Los árboles

Estoy bastante agitado ahora, después de haber talado todos los árboles de mi patio. Me apena un poco, sin embargo, la inutilidad del esfuerzo. Las cosas son así, y ya no pueden cambiar.
Recién esta mañana me di cuenta. Cuando el azul del cielo se inundaba con la blanca marea de los primeros pirpintos, y enviaba sus golondrinas a hundirse, una y otra vez, en el cuerpo de la bandada. Se llenaban los picos de harina con la muerte silenciosa de las inocentes mariposas. El mismo juego de siempre, pensé. Los más rápidos se sirven a los lerdos, a los más lerdos.
No sé por qué, entonces, se me ocurrió acordarme del viejo Pedro, que se está siempre sentado al sol, quietecito, como si dejara que el viento le afile las arrugas, como si midiera las voces que suelta la arboleda. Así se está, todo el día. Ahora lo entiendo.
En aquellas ingenuas cavilaciones andaba cuando crucé el jardín, para ir a recostarme en esa manta dorada que hecha el roble a sus pies cada vez que abril le adormece las ramas. Por no madrugar tan temprano, me dije, masticando aún en una brizna aquellas celestes atrocidades de matar y morir en el aire. Si señor, siempre triunfa el más rápido, pensé.
Enfrente, el viejo Pedro seguía inmóvil, como el silencio, como si no quisiera que la tierra lo notase.
Me sentí satisfecho con mi anterior conclusión, y hubiese llegado a ser casi una plenitud la mañana si la raíz del roble no me hubiera estado hincando la espalda, antes de hundirse en el suelo.
Pero si era imposible no darse cuenta, ¿cómo pude haberme pasado treinta años pisándole los dedos, andando bajo sus brazos sin notar el peligro? Treinta inviernos caídos sin haberlos dado al fuego. Pero habría sido inútil, las cosas son así y aún no lo había notado.
Allí, decidí comenzar el peregrinante bostezo del domingo. Ese día tan lleno de campanas y de hojas y de humo que la gente se va de sus casas para guardarse en las casas de los otros, y las pavas arden, y las orejas queman, y los trapos negros salen del baúl y se van a secar las margaritas del jardín al cementerio.
El viejo Pedro los observa, los ve llegar, una y otra vez, mientras las copas de los árboles vuelcan su penumbra en el polvo.
Fue entonces, al recordar a los muertos, cuando logré darme cuenta. Pobre gente, pensé, se le han caído de la boca a la vida, ya no la alimentan. Los árboles asintieron, con su lento cabeceo, con su mansa cadencia de paciencia irresistible, y entonces lo supe, supe que esperaban.
Quizás haya sido el arrullo de las hojas arrastrándose en el viento lo que me alertó, pero el hecho es que de pronto lo pude ver, ví el encierro penumbroso de las tumbas deshaciéndose en la boca oscura de la humedad, en la negrura barrosa del silencio. Ví como el silencio se quiebra en el crujido de la tierra, ví cómo se hunden las raíces, y tantean la hondura, con sus dedos leñosos, inflexibles, hambrientos. Merodeando el bocado, apretando con furia la quietud del cadáver.
Todo el espanto se amontonó en mi cara, toda la impotencia se arrugó en una sola mueca. Creo haber adivinado una palabra muda, un callado gesto de asentimiento venido del viejo Pedro, quietecito en su rincón.
Él sabe que los árboles esperan, que lo están esperando, que finalmente la carrera la ganan los más lentos. Él sabe que nos han engañado, que las copas, los frutos, la sombra fresca son el cebo, que ocultan bajo la tierra su verdadera intención.
Inmediatamente el hacha me aferró las manos. Empecé por sacar el peligro de mi casa. Las golondrinas, en el cielo, se empeñaban, agitadas, apurándose, volviendo a los nidos. Afuera, la arboleda gritaba.
Pero sé que es inútil. Se sacuden bajo los golpes y dejan en el aire su venganza, esas astillas infinitas que se guardan en las grietas del mundo, y después, con mucha paciencia, alzan otro árbol. Y esperan, esperan mansamente a que la presa se acerque a su garra escondida. Así son las cosas.
El viejo Pedro sabe que maté a mi roble, y sabe que los hijos de mi roble tienen tiempo, y que mi tiempo se va llenando de tierra.

El Juicio Final

El Juicio Final

Me estoy muriendo, pero ya no importa, debo escribir. Es tan gracioso todo esto que no puedo dejarlo, tengo que escribirlo, aunque nadie vaya a leerlo.
Estamos en agosto, a mediados del mes. La mejor época para morir, según decían las viejas del barrio. Quizás haya otros como yo, pero no lo sé ni puedo saberlo.
Si la risa me lo permite voy a narrar los hechos, tal cual los recuerdo. Permiso.
Que estamos en agosto, decía, y eso significa que los lapachos encendieron sus ramas y los naranjos reventaron sus primeros azahares. Del monte baja un aroma como a lujuria, y los pájaros se agitan siguiendo sus designios ¿Por qué? Porque ya hace calor.
El sol ha vuelto de su viaje invernal y nos abraza, y nos besa, y nos desnuda, así, sin más vueltas. Y es por eso, también, que vuelven a salir de sus oscuras madrigueras aquellas tan desagradables como antiguas alimañas. Sí, de las cucarachas hablo.
Es natural, no todo puede ser cándido y bello. Llega el calor, y vuelven las cucarachas.
Nunca pude soportar el brillo repugnante de sus cascarones, tan marrones, tan de mierda. Había aprendido a ignorarlas, a tener la conciencia tranquila de no atreverme jamás a sentirlas crujir, simplemente las evitaba.
No es extraño que a principios de agosto ya se vean cucarachas, pero esta vez había muchas, y además parecían alteradas.
Yo traté de llenarme el pecho de polen, de perderme entre las golondrinas y abocarme al trino, de no darles importancia. Pero no pude, al cabo de unos días eran demasiadas.
La gente empezaba a preocuparse, se hablaba de una plaga incluso, o algo parecido, y finalmente tuve que enfrentarlas: habían logrado ingresar a mi casa.
No pude explicarme cómo habrían podido sortear las defensas, las toneladas de veneno, las rejillas reforzadas, las tapaduras de cemento... La desesperación me erizaba los pelos al rastrear sus ruidos, me aterraba la idea de tener que hacerles frente, y entonces las hallé.
Debo confesar que me tranquilizó un poco el encuentro, la actitud que tenían digo. Estaban contentas. Sí, lo sé, a mí también me pareció absurdo, pero estaban contentas, alegres. Se les notaba. Nunca habría imaginado que fuera posible percibir sentimientos en tales alimañas, pero éstas, de algún modo inexplicable, sonreían. Clausuré la cocina y quise dar un paseo, hasta resolver u olvidar la absurda situación.
Fue el día más horrible de mi vida. Ahora me divierte, pero entonces fue espantoso. La calle era un gran charco movedizo, un interminable gesto de asco, un largo y oscuro río de cucarachas. Creí que soñaba, que estaba en el peor de los sueños posibles. Lo cubrían todo, era como si el piso tiritara y se moviera, quebrado en un millón de fragmentos inquietos, en una infinita maraña de patas y antenas agitadas.
Antes de que el desconcierto acabara de mezclarse con las náuseas ya estaba sellando la puerta de calle. Tan limpio que he sido siempre, me decía, ¿qué es lo que está pasando? De afuera me llegaban algunos gritos ahogados y un rumor creciente, y yo sabía que cada vez había más. Necesitaba una explicación, quise oír la radio, pero la histeria era colectiva, nadie entendía nada.
Es muy gracioso todo esto, graciocísimo, es como una gran broma, aunque demasiado en serio.
Aquí estoy, muriéndome. Hace más de cinco días que no como nada ni tomo agua. Voy a morirme aquí, encerrado. Espero no sufrir otro ataque de risa, quisiera terminar de escribir.
Empecé por tener mucho hambre, un hambre casi demencial. He estado comiendo papel desde entonces, hoja por hoja mis libros de cocina. Cuando los acabé, encontré una Biblia, y mientras la comía releí el Apocalipsis. De eso se trata, me dije ¡las plagas del Juicio! Pero no, no es así. No exactamente. Qué soberbios hemos sido, creernos las únicas criaturas de la creación dignas de la atención de Dios.
Entonces pude verla, espiando por la mirilla, sobre el mar creciente que era la calle. No me canso de reírme al recordarla: una enorme cucaracha blanca, majestuosa, resplandeciente, y otras siete semejantes volando alrededor y soplando sus trompetas.
Sí, sí, es ridículo, pero no estoy loco, yo las ví. Ahora entiendo todo, ahora sé por qué son tantas. Imaginen a cada cucaracha reuniéndose con sus millones de hijitos, con sus trillones de abuelos. Eso es lo que pasó, la resurrección de sus muertos en el Juicio Final, los miles de millones de cucarachas de todos los tiempos que vienen a reencontrarse para festejar la vida eterna.
¿Pero por qué, por qué las cucarachas? Pues porque sí, porque lo merecen, porque son los seres más representativos de este planeta, por eso. Y no estoy loco, es así, nosotros dejamos que esto sucediera, hicimos un mundo digno para las cucarachas, así lo piensa Dios. Qué gracioso.
Yo sé que es la sed lo que me tiene afiebrado, pero el hambre es lo que va a matarme. Podría tender la mano, sólo eso, sin mirar. Sacar la mano afuera y tomar un buen puñado, inquieto, crocante y nutritivo, y comérmelo. Pero no, no puedo hacerlo, no puedo.
Sí, lo sé, me estoy muriendo, pero ya no importa.

Las vacas

Las vacas

Lisi había tardado quince años en alejar lo suficiente su cabeza de sus pies como para que el pecho se le abriera en dos tímidas palomas. En ese mismo tiempo, la ciudad había multiplicado por millares sus bandadas y extendido sus torres para darles lugar.
Lisi había nacido en el centro, en ese inmenso mausoleo de cemento y vidrio y metal donde ahora yace sepultado lo que hace apenas un tiempo fuera un pueblecito pequeño y tranquilo. Pero ella no lo sabía.
Nada sabía de las cascadas del tiempo, de la infinita precipitación de los días, del progreso. No sabía nada de las orillas de su naufragio, de esa vida apenas anterior a la suya. Ni de su propio naufragio tenía conciencia. Se dejaba llevar, con toda la ceguera que había heredado, mientras la ciudad se expandía, inexorablemente.
Así, dejó que su infancia corriera y se agotase en los pasillos, que dibujara fantasmas en las nubes de humo que se arimaban a su ventana. Hace muy poco, recién, conoció el suelo.
En verdad apenas hay diferencia entre arriba y abajo. Llegó por casualidad, un día en que el transbordador enloqueció de cansancio y se dejó caer.
El suelo le pareció un poco más chato, menos denso. Aquí el humo no se arrinconaba formando nubes. Por lo demás, todo era igual. La misma sucesión interminable de paredes infinitas, de puertas idénticas, de ventanas ciegas.
Desde entonces se entretuvo recorriendo los indescifrables pasajes, descubriendo las galerías, alejándose siempre.
Le gustaba quedarse sola, merodear en la penumbra los restos ocultos de viejos edificios. Se pasaba los días descifrando la fachada, descascarando la imagen gastada de entre los dientes grises de los enormes cimientos. Allí la ciudad se clavaba en la tierra, soportando el peso de su propia hinchazón, día tras día, tendiendo columnas y andamios infranqueables.
Lisi empezaba a sentir cosas extrañas. A veces era como si el viento quisiera llevársela, un viento claro y fresco que le corría por dentro, sin hollín. Otras, en cambio, se agitaba, y la agitación le subía desde el vientre hasta anegársele en el pecho, así, porque sí.
Nunca volvió a su torre. A medida que se alejaba el paisaje parecía disolverse. El techo de humo era menos denso, y había más luz. Abundaban los restos de construcciones antiguas, algunas se usaban incluso.
Encontró un sector donde aún había escaleras, y por un tiempo estuvo hechizada con su hallazgo, pero pronto se inquietó y retomó el viaje hacia la periferia.
Así fue como encontró a las vacas.
Nunca había visto algo semejante. Eran muy flacas y muy tristes, le parecieron caricaturas vivientes vestidas con los parches manchados que dispensa el desconcierto.
Lisi no podía notar cuán rápido crecía la ciudad, no podía saber que había un campo ahogándose allí, sorprendido en su insaciable sed de crecimiento. Ella no sabía lo que era un campo, ni qué clase de seres eran esas bucólicas vacas que la miraban como a través de un hueco, ni sabía por qué la angustiaba verlas tan desorientadas.
Al cabo de unos días halló a la nodriza, sumida en el desesperado silencio del cencerro. La angustia la empapaba cuando la condujo junto a las otras, salpicada quizás por las lágrimas de bronce que soltaba la campana.
Siguieron andando y se reunieron todas un poco más afuera, sobre un gran montículo de escombros. Quedaron ubicadas en el vértice de un amplio pabellón de cielo, donde la ciudad parecía acabarse y empujaba desde atrás con un latido sordo y grave, con el ruido de la caída y del alzamiento de inmensas moles de cemento y vidrio y metal. Desde allí se veían los bordes brumosos del mundo, bajo el eco distante de la urbe, que caía y se levantaba una y otra vez como un glaciar de acero en crecimiento.
Esa tarde llovió. Había oído hablar de la lluvia, pero era la primera vez que se encontraban. El agua le dio frío, la hizo tiritar, y otra vez tuvo sensaciones sin nombre, acaso trémulos recuerdos de algo por venir.
Las vacas parecían más tranquilas, menos asustadas de que el campo se les haya esfumado tan de improviso, devorado por la ciudad. Se miraban la tristeza en los charcos, como consolándose.
Cuando llegó la noche, Lisi las había olvidado. Los latidos de su pecho aleteaban y querían salírsele, como una nube de mariposas cautivas. Los ojos abiertos se le azulaban de tan clavados en el horizonte. Una canción cadenciosa le caía de la boca.
La nodriza se había acercado, en silencio, y miraba hacia adelante también, como esperando algo. Así estuvieron, toda la noche.
Al alba, cuando el cielo de hollín comenzó a aclararse, una breve ventana se abrió en el horizonte, un hueco entre los densos nubarrones. Lisi vio el sol, por primera vez en su vida, y contra el ojo rojo de la alborada una bandada de pájaros que migraba, una larga línea en fuga de puntos blancos que se perdían en la distancia.
Cuando el cielo volvió a cerrarse Lisi corría, a toda prisa, sin ningún temor, alborozada. Las vacas la siguieron, trotando rápido, el cencerro de la nodriza golpeaba ansioso la mañana como las campanadas despiertas que alertan de un incendio. Huían.
La ciudad las persiguió, creciendo, inexorablemente.

Libélulas

Libélulas

Aún los recuerdo.
Corrían los vientos del alba, como ahora, y la luz crecía sorprendida también en un cielo inmenso y libre de nubes. Al suelo le tocaba mojarse, y abrirse, y parir.
Eran tres. Llegaron como todos, trazando sombras en la hierba, cegándole el rocío con los pasos.
El campo es verde y por las noches se brota de agua, se hace fruto, pequeñísimo, fresco. Abajo está la tierra, que lo nutre, y más abajo aún esa oscuridad que enmudece deshaciendo los restos, lo que dejó la muerte.
Entonces era de día. El aire se agitaba infantilmente, aromando las cosas. Llegaron cantando los tres, recién despiertos. El pelo negro de la mujer jugueteaba con el viento, como una tormenta cautiva. El hombre de barba venía desnudo, una mínima cinta blanca sujetaba sus genitales, y la piel parecía templársele bajo las chispas de cobre que arrojaba su melena. El otro era más alto, envuelto en un trazo oscuro como sus ojos que le marcaba las formas. Cantaban.
Eran perfectos, los cuerpos jovenes, la voz inquieta.
Las espirales traslúcidas del viento escalaban la mañana. El vuelo exacto de las avispas y las abejas rasgaban sus cuerdas, infinitamente sutiles. En el claro esperaban las libélulas, de alas iridiscentes.
Venían de Afuera, lo se. La tierra ha producido el bosque, y el bosque da las raíces abajo y los frutos arriba, y sus dedos sirven para alimentar el fuego que me protege. Pero el bosque produjo despues la Colmena de los Hombres, y al cabo de un tiempo los hombres se fueron. Ahora vuelven, desde Afuera.
Son como yo, salieron del bosque, que atrapa al sol y lo hace alimento. Pareciera que con este mismo sol moldearon las alas. Tal vez fue el hombre de barba, o alguno anterior.
Las libélulas ardían en llamas doradas, violetas, azabaches. El mediodía las quemaba.
Dejaron de cantar y rieron los tres por un rato. Se repitieron la ruta, a modo de adios, y abordaron las alas.
La mujer tomó la lila y se recostó en su interior. Quedó flotando, la mirada verde tras los ojos cóncavos y violetas del visor. Entre sus manos flotaba también la perla plateada del control, arrojando luces, imprimiendo signos y sonidos en el aire. La hizo girar y emprendió el vuelo. El corazón henchido dio un grito rojo bajo la blanca curva de sus pechos. La mañana la tragó, tan fresca, tan clara, tan vertiginosa. Los otros la siguieron.
Se los llevó el azul, sobre las crestas amargas de los pinos. Seguramente zumbaron sobre el río hasta su orígen allá en las cumbres y más allá, donde cae el sol. Lo persiguieron, seguramente.
Yo me oculté aquí, esperándolos. Llegaron las estrellas y volvieron a irse. El sol regresó, otra vez. Ellos no.
Aún los recuerdo.

Volveremos

Volveremos

El otoño bajaba secamente por las copas de los árboles dejando en el aire ese frío amarillento en que el ocaso arroja sus últimas antorchas. Las voces del prado, lejanas a esa hora, llegaban hasta mi banco en el parque como hilachas de la distancia, como pájaros azulados y tímidos que merodeaban las desabridas migajas de mi atención.
Mi vocación de narrador se había vuelto un gesto lánguido y permanente en la eterna y crepuscular melancolía del devenir, una desahuciada necesidad de contacto. Hacía frío.
Todos mis personajes se vuelven bucólicos y silenciosos, pensé, antes de esfumarse. O se esfuman aún antes de aparecer, dejándome sólo los espectros de su posible existencia, esas sombras intangibles, para dar con ellas un paseo. Ya es tarde, mejor que vuelva, me dije.
El ocaso llenaba el lugar de rincones. Aquí volcaba sus sombras, más allá los tules de la fuente querían caérsele y desnudarlo. Hacia el sur, por donde muere el sol, un pequeño enjambre de puntos giraba y se revolvía, mansamente, sobre un último charco de luz.
Me atrajo, recuerdo, tan gris y tan ausente como estaba, y decidí cruzarlo.
Se trataba de ese tipo minúsculo de insecto que todos los atardeceres se sumerge en los brazos del poniente y se queda rodando, hasta el fin, hasta la última gota de luz. Yo los conocía, de niño solía seguirlos y perderme en sus cadencias hipnóticas. Quise verlos más de cerca.
Una humedad negra y espesa escapaba de la tierra, como una jauría oscura y silenciosa, y me mordía los pasos, blandamente. Allí me detuve, donde el sol perdía su último rizo. Frente a mí un ovillo de alas invisibles y chispas iridiscentes se dejaba enredar por la brisa, apenas flotando, zumbando apenas. Me extrañó, por la época del año, una luciérnaga que giraba entre ellos con la cola encendida, pero no le di importancia.
Al cabo de un tiempo retomé la pesadumbre con los pies y reanudé el camino. Al salir del parque la ciudad me tejió entre sus ruidos y me tragó la calle.
Repasé mi vieja ruta, repetí los mismos saludos y retomé los viejos silencios. Ya en casa me recibió la noche, cordialmente, como siempre. La oscuridad, en cambio, huyó hacia el fondo al encender las luces. La misma vieja rutina.
Buscaba algo que leer en la penumbra del armario cuando un suave sonido verdoso la delató, detrás mío. Era la luciérnaga del parque, que volaba en círculos por el salón de mi casa.
Entonces noté algo raro en su forma de moverse. No acababa de preguntarme por qué me habría seguido aquel insecto tardío cuando describió una amplia caída en espiral y fue a posarse sobre la mesa. Estábamos solos los dos, pero de pronto sentí que mi casa se poblaba.
Me acerqué hasta tocarla casi, para verla más de cerca.
No parecía una luciérnaga, más bien tenía ese brillo profundo que en ocaciones adquiere el metal.
No pudo ser mayor mi sorpresa al ver cómo del mínimo caparazón se habrían unas portezuelas minúsculas y bajaban unas rampas.
Primero me asusté. Creí que había enloquecido, que alucinaba cosas. Me sentía un niño, otra vez, delirando, agitado, transpirando, revolviendo el baúl de mis viejos juguetes y corriendo de vuelta con una enorme lupa en la mano.
Cuando llegué a la mesa una multitud de puntos apenas visibles descendía por las rampas y se amuchaba alrededor.
El corazón me golpeaba las ventanas del pecho, como queriendo ver también, y un rumor sordo y ahogado en los oídos me aturdía.
Acercar la lupa fue nacer de nuevo. Miles de hombrecitos se agitaban, ocupados en tareas desconocidas. Descargaban bultos, hacían mediciones, discutían entre ellos. Hombrecitos, no puedo describirlos de otro modo.
Los veía como desde la cima de una cordillera. Los cuerpecitos parecían plateados, y las cabecitas brillaban, luminosas.
Debo haber quedado catatónico del asombro mirándolos, porque pasó mucho tiempo hasta que pude darme cuenta de que las chispas intermitentes que emitían estaban dirigidas a mí.
Entonces cerré la boca, para dejar a un lado el misterio de su origen y concentrarme en el enigma de su mensaje. Cuando ya la impotencia habría otra vez su hueco en mi cara algo aún más extraño sucedió.
No puedo ser muy claro porque fue confuso. De repente yo caminaba hasta la biblioteca y volvía con un libro para dejarlo en la mesa. Sentía mi cabeza como una sombra que se me iba por los ojos.
Pude ver a los hombrecitos abalanzándose sobre el libro con todos sus artefactos. Yo no podía moverme. Los ví volver a su nave y recoger las rampas. Ví cómo el metal se encendía, y se alzaba, y se marchaba. Lentamente.
Supe que su viaje había sido largo, que venían de muy lejos. Supe que querían conversar pero que estaban cansados, muy cansados... Supe que me buscaban a mi.
El sabor salado de las lágrimas me sacó del trance. Había llorado mucho. Todavía quedaba en el aire el sonido de su luz, al partir. Eso me ocacionó otro acceso de angustia.
Creí que no podría soportar la historia, que la incertidumbre acabaría conmigo. Creí que la ironía sería terminal, la soledad insoportable, la locura ineludible.
Entonces ví el libro, sobre la mesa.
Humeaba un poco y estaba abierto. A su lado, infinitamente alentador, un rústico collage de letras recortadas con los bordes quemados retenía la última señal: volveremos, decía.

Sopa de tortuga

Juan solo

Juan solo

Cuántas sábanas hube enchido, cuánto blanco enarbolado, cuántos lechos navegé. Cuántos naufragios.
Ese viejo tabaco mascaba Juan al caminar. La alameda otoñecida se dejaba caer, como la seca llamarada de antiguos incendios.
Es momento de desarmar la historia, pensó, y el crujido de los pasos soltó sus huellas. Una larga telaraña al viento primero, después una bandada de hojas sueltas.
Allí estaba el sol ahora. Las echó al fuego. Incluso las palomas, en silencio, se dejaron quemar.
Eso es el pasado, se dijo Juan, un montón de cenizas. Siguió andando. Con cuantos hombres compartió el trabajo, la tierra, la mujer.
Siguió andando. Donde me alcance la noche, ahí me quedo. Ahí termina el viaje, donde se cae el corazón como cae el ancla. Cuando se hace tarde simplemente se abandona el camino. No se elije el lugar.
Los árboles ardían, siempre los mismos, al embate del otoño.
Juan se había echado el alma al hombro y aún la destejía. El viento divagaba enredándole las hebras. Juan insistía.
Adentro está caliente, y el calor empuja. A todos, contra todos. Afuera el frío, de pasada, pretendía llevarle la piel.
El camino persistió deshojado, paso a paso, rizo tras rizo.
Y Juan ya no pudo con su alma, ondulando afuera. La envolvió en un grito y la dio al fuego también. Es lo único que queda, lloraba. El arrojo, el sacrificio, reía.
Quemó todos los tiempos. Los que él había narrado, los que oyo narrar. Corría entre las llamas con los brazos abiertos ¡a quién pueda, a quién quiera entrar! gritaba.
El amarillo de la tarde se hizo rojo. Juan seguía entre las brasas. El sol, cuando murió, expiró la brisa, suavemente. Removió las hojas.
Y Juan, que miraba el suelo, halló una llave.

La nada. Lo oscuro.
Comenzó a deshacerse y llegó la penumbra. Un murmullo caído, muy lejano, se arrastraba separando las sombras. Eran mis pasos.
Algo azul salía de lo negro, se esparcía, lentamente.
Un trazo gris quedó subiendo, peldaño a peldaño. Lo seguí.
La noche soltaba sonidos bajos, una leve llovizna de notas frescas le hacía rizos de luz.
La niebla perdió sus velos. Llanuras de humo, infinitas, acariciaban mis pies. El horizonte acunaba sus verdosas voces. Yo caminaba.
El mundo latía penosamente, arrojando sus colores más graves, dejando que fueran a formar charcos luminosos antes de ahogarse en su quejido.
El suelo era frío como la ausencia, como repleto de cosas sin nombre. Una brisa húmeda se pegaba al cuerpo, se arrinconaba entre los dedos, se adhería a la memoria.
Quise seguir y los lobos de la distancia se adueñaron del camino, que no existía. Me descarnaron el rastro con aullidos de hielo, clavaron su blanco silencio en mis huellas. Más allá las sombras volvían a reunirse, arremolinadas, en un tibio paisaje de olvidos. Sin formas, sin límites.
Yo caminaba. Una mano de pájaro dormido bajaba por mi espalda para remontarse después, claramente, y volver a bajar. Una voz de cuenco abrigado me arrullaba los oidos. Una cabellera larga como el anhelo me seguía. Perfume a maderas, a troncos en flor. A leño sangrante, a hoguera. Yo caminaba.
Andar era un perpetuo deshojarse. El cielo se desgranaba, el suelo se consumía. Todo se conjugaba en un ruido pálido y suave.
Una golondrina atravesó el espacio rasgándolo con su trino y se perdió. Por el hueco que dejó, el sol escurrió un brazo, una escalera tendida a la mañana. Me quedé impávido.
Persistió aún el sopor, la confusión. Pero voló otra golondrina y tras de si una bandada de voces, y el sol irrumpió, tan verde y tan azul como siempre. Los jirones de adentro se ovillaron esfumándose en el aire.
Entonces desperté.

Le costó pararse, sacarse la arena de encima. Desatar las raíces, esa oscura amargura que alimentaron sus pasos. Le costó el adiós, otro más, a aquel bosque de mármol blanco. Todo el silencio se le quedó en las tumbas, sollozando bajo sus pálidas sombras.
Se fue, se fue muy lejos. Arrastró la huella colina tras colina, echó al viento la voz para borrar el camino y se fue, se fue muy lejos.
Lo tomó el otoño para dorarlo, después lo dejó. Tuvo principios de incendio, llamaradas de sol escurridas desde el cielo, súbitas cascadas. Llegaron noches como mordazas, como tormentas de hielo. Corrió, gritó, cayó vencido. Se quedó ciego, se deshizo en la luz. Se fue, se fue muy lejos.
Desde aquí hay una leve curva entre él y el cementerio.
Para el invierno sólo fue otra brizna que escarchar. Para el otoño otra hoja al fuego.
El día tiró de sus hilos y abrió una sonrisa. En la oscuridad el miedo lo contrajo. Anduvo siempre absorto en el suelo, tanteando caminos. Arañando la mudez de las cuerdas, rogando que tiren de él aún, cuesta arriba. Arrastrado, titubeando al vacío, tratando de hallar alguna palabra, queriendo morderla.
Los dientes, las uñas. El umbral.
Se fue muy lejos, y desde allí regresó.
Otra vez la arena, otra vez los muertos.
Le costó el saludo. Inmóvil, en silencio. Fue abandonando sus pies, el desierto era infinito. Halló su sitio, otra vez, otra más. Una marchita polvareda le cedió el lugar. Estaba más hondo el hueco. Polvoriento, y más hondo.

En ese momento llegó Juan, justo en ese momento. Llegó cansado, por eso se dejó caer bajo la suave tormenta de voces. La brisa del canto pasó corriendo y le dobló el alma. Entonces puso sobre la mesa su grano de arena, y se miró las manos.
Juan necesitaba un jardín, y dentro del jardín una casa, y al fondo de la casa un crisol. Sólo tenía un grano de arena. Y sus manos. Mientras las miraba un rizo de papel hizo pieruetas en el aire y se posó a su lado. Pero no era la sutil intromisión de algún hechizo, como creyera Juan. Era lo contrario, era un exorcismo. Los números de ese papel le salpicaron la cara ahogándolo un poco. Al fin despertó, sacó la cabeza al mundo y de una bocanada asumió su lugar. Esa mesa, ese vaso. Toda esa pobreza.
El sueño huyó, pudo salvarse. Juan se quedó solo.
Entonces recordó a su sombra, la invitó a sentarse, a charlar un rato. Pero la sombra, aunque nunca lo había abandonado, andaba por el piso de tan triste. Esto que soy ya he sido, le dijo desde el suelo, y apenas me rehago ya no soy. — Vos también? -le contestó Juan- Vení, caminemos juntos.
Por ese entonces la risa andaba descalza cubriéndose sólo con el llanto y a veces deliraba bailando en los rincones.
Cuando Juan y su sombra se fueron el silencio que llevaban era tal que ni uno se preguntó cómo era que la otra podía andar tan completamente extendida sobre el piso, ni a la otra le importó saber cómo era que aquel podía caminar teniendo en el suelo solamente los pies.
Iban a oscuras, calle arriba, bien arriba. A la vuelta de la esquina, escapando siempre, estaba la esperanza. Juan la persiguió, con el cansancio a cuestas. Tranquilamente primero, ansioso después. Corrió por ella. Corrió fuerte Juan. Hundió los pies en la tierra, se abandonó al sudor, hizo una vela con su piel y sopló, sopló, sopló todo lo que pudo.
Allí estaba la vida otra vez, con las manos abiertas, llenas de aire.
— ¡Tomá Juan, pero dame tu vida a cambio!
Y Juan entregó su vida por un puñado de aire.
Una gota de sal cayó al vaso, sobre la mesa. Hizo temblar el reflejo y lo abrió, lentamente, dejando una sonrisa en su cara.
Más allá estaban las voces, después el canto, afuera la calle.
Cuando salió, ya de vuelta, su sombra y el silencio eran lo mismo. La esperanza sonreía, recostada en su boca.
Y Juan respiraba.

Se lo llevaron las sombras

Se lo llevaron las sombras

Era un hombre de esos que tienen los pies grandes de tanto andar y las manos tan gastadas como la rústica palidez de sus ropas. Era manso, con esa mansedumbre que deja el cansancio cuando las jornadas se repiten indefinidamente.
Iba arrancándole a las piedras el opaco rasguido de los pasos, queriendo abrirle el silencio a la noche con su muda canción, y la noche era una boca abierta, un puñado de escarcha ahogado y quieto.
Los árboles alzaban los brazos frente a frente cubriendo la infinita desnudez del camino. Eran como gigantes salidos de la tierra, como antiguos guardianes de una ancestral ceremonia que incendiaban sus largas cabelleras doradas en el aire frío del invierno. A sus márgenes el mundo dormía.
El vino y el juego y la risa lo habían demorado y ahora el develo lo llevaba de vuelta a su casa.
El camino era largo, blanqueado por la luna, desolado por la hora. La madrugada parecía haber cegado todos los ruidos dejando a su paso sólo la quietud de las tumbas.
Por eso lo sorprendió la llamarada. La voz crepitante del amarillo y el rojo girando en un agudo penacho, cayendo desde la bóveda arbolada. Era una hoja.
Se deslizó por la espiral invisible del silencio haciendo gestos en el aire como si fuera una mano quemada. El se detuvo, la miró caer, y esa noche ya no fue cualquier noche.
Desde arriba, entre las ramas del viejo carolino, el duende podador lo miraba con la sierra entre las manos, agitado aún por el reciente esfuerzo, preguntándose si habría entendido el mensaje.
Abajo la hoja llegaba al suelo y enmudecía. El hombre la observó, dejando que flotaran en el aire las últimas gotas de esa cascada misteriosa, dejando deshacerse en su ignorancia aquellos signos, y retomó la marcha.
La oscuridad del caserío le preparó el sueño. Al cerrar la puerta, el cansancio le sirvió de abrigo, entre las piedras y el barro y la paja de su rancho.
No pudo notar ese rumor sordo cuando llegaron las sombras. No pudo sentirlas satisfechas de haber sorteado la advertencia, no pudo saber cómo fue que entraron a llevárselo.
Por la mañana el sol abrió las ventanas del cielo y se volcó en el mundo y reanudó sus voces. El caserío enrojeció, para dorarse después, y los trinos lo inundaron.
Los pájaros lo hallaron en su lecho, hallaron sus ojos asustados, y allí los picos descubrieron que se había marchado, que no estaba, que había quedado vacío.

Su firma, Señor

Su firma, Señor

Golpeó suavemente las puertas del último cielo, para anunciarse, y entró lentamente. El despacho del Señor estaba bien iluminado, como siempre, pero podía percibirse cierto inexplicable descuido.
Luzbel recogió las alas, con la gracia y la dulzura que lo caracterizaban, tratando de hacer algún ruido para llamar la atención.
— ¿Todavía estás ahí, no te has ido aún muchacho? dijo Dios, despertando sobresaltado.
— Hace ya siete días que no lo veo Señor. Acabo de regresar, por otro asunto.
El Arcángel le mostró una nueva carpeta.
— Oh, si, disculpa, me he quedado dormido parece ¿siete días dijiste? Parece que ando muy cansado ultimamente, y algo desmemoriado. Desde que tuve la bendita idea de crear el mundo me estoy poniendo viejo.
Acabó de pararse y cambió un poco el tono, acercándose.
— Antes el tiempo no existía, no pasaba nada, no había ningún problema ni ningún trabajo ¡Como deseo volver a aquella tranquila eternidad, anterior a todo esto! Pero hay que ser valientes hijo mío y enfrentar las cosas, tal como son. A ver, ¿qué me traes, ahora?
Luzbel miró alrededor, impasible. Los estantes llenos de polvo, los papeles revueltos.
— Un nuevo decreto Señor, que debe firmar.
— ¿Acaso nunca se acaban los detalles, siempre hay algo más que ajustar? ¿Nunca va a estar terminada mi obra?
— Debe admitir Señor que ha sido usted un tanto... arrebatado.
— Si, si, lo hice todo muy rápido, estaba ansioso. Pero... las estrellas por ejemplo. Estaban muy bien dispuestas, prolijamente dispuestas, cada cual en su esfera ¿y con qué me doy ahora? El caos total, desbocadas, huyendo frenéticamente unas de otras.
— Con todo respeto Señor, las ha descuidado bastante usted.
— Si, es posible. De todos modos ya no me importan los astros, que sigan libres y a mi buena voluntad. Pero en cambio ¿qué voy a hacer con las plegarias? Llegan de a millones ¿de dónde salen tantas? Guerras, calamidades, pestes... yo no sé como puede haber tantas cosas...
Dejó de hurgar su escritorio y finalmente halló sus anteojos.
— Y debería saberlo eh, yo debo saberlo todo. Bien ¿de qué se trata el decreto ese?
— Es del departamento de salud Señor, nada de importancia.
— ¡Otra vez! Que cansado me siento, sinceramente, que cansancio.
— Descanse entonces Señor, sólo tiene que firmar aquí.
— Si, gracias muchacho, que haría yo sin ustedes, con tanta burocracia. A ver, déjame leerlo.
— No es necesario Señor, sólo debe firmarlo, es un asunto menor.
La paz y la calma del Arcángel inundaban el recinto.
— Bueno, déjame encontrar mi sello entonces ¿Por qué será que me reclaman tanto en el mundo?
— Hace mucho que no lo visita Señor.
— Es cierto, es que me aburre. Son tan parecidos a mí todos... ¿qué tenía que hacer yo con este sello?
— Su firma Señor.
— Ah, eso, si, si, muy bien. Ya está, déjame en paz ahora.
Las puertas del último cielo volvieron a cerrarse suavemente. Las luces eran claras y frescas como siempre. Luzbel releyó el decreto y sonrió: la pirocea quedaba libre y con total poder de actuar. Los médicos no sabrían responderse cómo es que la gente ardería en su propio cuerpo ni donde se habría originado esta nueva enfermedad.
Los guardianes del umbral dormían, no lo vieron pasar, ni oyeron sus pasos de ángel, ni se percataron del suave perfume azufrado que lo envolvía.